Tres
días de pesca en compañía de dos amigos, uno cántabro y otro extremeño rendidos
a los encantos de éste río

Carmona y Tolosa
Jornadas
de pesca irregulares, con abundancia de reos,  y saturación de pescadores en las zonas libres

Y
todo un personaje, Andrés Tolosa, que nos hizo de “cicerone”

De
la cerezas y el pimentón de La Vera, a las delicias gastronómicas del Hostal
Restaurante Monte Río en Trescares


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Texto
y fotos: Eduardo García Carmona
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No
ha sido el mejor momento para llegar a mi destino, Trescares (Asturias) porque,
una vez superados los kilómetros desde Gijón a Panes y cogiendo la carretera
hacia Arenas de Cabrales, me encontré 
con una desagradable sorpresa, una vez superado el límite inferior del
coto de pesca de La Higar.
Era
el viernes 8 de Julio y las manecillas del reloj se pararon entre la media
mañana, sin llegar a superar las

diez. En la zona de aparcamiento un coche la
guardia civil, una ambulancia y una furgoneta con dos buzos fuera de ella,
enfundándose el neopreno. El presagio era cierto, “algún pescador ha tenido un
accidente”, pensé. Así fue.


Con
la tensión en el cuerpo y mil imágenes circulando por mi mente, llegué a mi
destino: Hostal Restaurante Monte Río, en Trescares, donde me tenían que esperar
mis dos compañeros de “viaje de pesca”: Ángel Javier Tello Benito, el extremeño
y Borja Setién Alonso, el cántabro. El primero había llegado la noche anterior
desde su tierra, Jarandilla de La Vera. La sorpresa era

que no estaba sólo, le
acompañaba una persona, Andrés Tolosa, que portaba una muleta. Tras el saludo y
la presentación de Andrés, personaje muy conocido en el Cares como experto en
el lance del salmón. Persona sencilla en el trato, sin marcar distancias, con
cara enjuta y curtida, marcada por los contratiempos climáticos de la zona, y
sus aventuras de pesca, muy afable y dicharachera con la que enseguida
congeniamos, me decía de bajar a ver


La Higar, porque Tello le había comentado
que era el coto que pescaríamos el viernes. Le dije que no, que teníamos Arrudo
y La Higar era para el domingo. 


Fue entonces cuando les conté lo que había
visto en la carretera, precisamente en el aparcamiento de La Higar. Roberto, el
dueño del Restaurante Monte Río, nos confirmó lo del accidente, dando por
asegurada la circunstancia que rondaba mi cabeza. Un pescador de Lamadrid,
localidad próxima a Unquera, se había ahogado al caer a un pozo de La Higar,
cuando intentaba subir una trucha al

compañero que estaba pescando.
Curiosamente, el fallecido no tenía el

coto pero acompañaba a su amigo a quien
le quiso recoger la pieza con la sacadera y, al remontar la pared de piedra, se
agarró con la otra mano en un “tapin” que sobresalía de la roca con tan mala
fortuna que al desprenderse le hizo perder el equilibrio y golpearse en la
cabeza. Según pudimos conocer posteriormente, su compañero aseguró que cuando
cayó al agua ya no se movía. Tremenda desgracia que, a mí me marcó los tres
días de pesca, metiéndome el miedo en el cuerpo.


Recibo
un mensaje de Borja contándome que tardará un poco más en llegar porque le
habían surgido unos “problemillas” antes de salir de Ramales. Le esperamos.

JORNADA
DE PESCA EN ARRUDO

Con
la llegada de Borja y la lectura de los acontecimientos, también corroborado
por lo visto en su camino, nos dispusimos a pescar el coto de la primera
jornada: ARRUDO con un día gris que había amanecido orbayando, que dicen en
esta tierra, pero que estaba abriendo algo.

Conocía
este tramo porque lo había pescado el año pasado en el Máster de Campeones de
Pesca de Reo por Parejas,  Cares/Deva que
se había celebrado en el mes de Setiembre y lo cierto es que, a pesar del
caudal, me había encantado. En Arrudo, mi compañero de competición, Vito
Javier, había conseguido un reo de 60 cms. que, a  los postres, se convirtió en la pieza mayor
del campeonato. Yo, había conseguido cinco piezas y quedé muy satisfecho,
aunque había perdido muchas más. Es lo que tiene la pesca sin muerte y más con
el reo.


Andrés
Tolosa, con su palillo en los dientes, junto con Tello y Borja y con “mi caña
para el salmón”, una Boloñesa de 7 metros, ya que ellos no la habían llevado,
se fueron a probar fortuna con unos salmones que había divisado el primero,
cerca del puente peatonal de El Arrudo, que se pesca sólo desde la margen
izquierda.

Yo,
preferí irme a la zona más baja, donde había pescado el año anterior para
tentar a los reos y las truchas,

aunque en realidad me metí en La Corredoria,
no en Los Tilos y Las Cantarillas, como pretendía. Pese a todo me gustó la zona
y allí inicié la pesca a ninfa. Curioso, después de varios lances sólo saqué un
esguín de salmón y había tenido un potente “tirón” que me dejó sin ninfa a la
primera de cambio.


Después
de casi dos horas, y como habíamos quedado, me aproximé a la zona de la
pasarela de El Arrudo para comer con ellos, pudiendo comprobar que estaban
liados los tres detrás de varios salmones. Me acerqué hacia ellos comprobando
lo que me decían. En el pozo

existente en el estrecho paso del río Cares se
veían varios salmones, uno de ellos de buen porte. Tras las indicaciones de
Tolosa, Tello arrimaba la ninfa hacia el salmón que hizo varios amagos.
Con  nuevas instrucciones, el extremeño
le puso la ninfa prácticamente en la boca y el salmón la tomó sin que éste diese
el tirón, pese a nuestros gritos. El salmón, al sentir algo en el lance,
retrocedió unos metros y volvió al puesto. Por

segunda vez tomó el engaño con y
tan mala fortuna que se volvió a desprender del anzuelo escupiendo, no sin
antes sacudir la cabeza de un lado a otro. Tello, enmudeció con nuestras voces,
“tira, tira”…el caso es que el sedal se le había enganchado en una higuera que
sobresalía de la roca en la otra orilla del estrecho y, cuando quiso tirar, no
pudo no pudo enganchar el ejemplar. El salmón desapareció y, colorín, colorado,
la historia


ha finalizado. No lo volvimos a ver por lo que nos dispusimos a
comer para aprovechar la tarde con el reo y las truchas en la zona del Nabayu y
codo de Ayoru.


REOS
Y TRUCHAS

La
tarde fue más fructífera en piezas y los tres nos quedamos pescando por debajo
del pozo de El Arrudo metiéndonos de lleno el Navayu, transitando por el camino
entre las rocas para aprovechar unas excelentes corrientes entre piedras dentro
del curso. El más aventurero, Tello, se aproximó hasta el Codo de Ayoru y
viéndole como estaba en las rocas, me dediqué a realizarle unas fotos y verle
pescar pues maneja

la pesca a ninfa como un maestro. Sacó buenas piezas
trucheras y algún buen reo, pero otros se le fueron. A Borja y a mí, nos
ocurrió otro tanto, aunque a la mano llegaron pocos peces.


La
intención de pescar reos y truchas era dejar pasar el tiempo para volver al
salmón pero estos desaparecieron del pozo por lo que decidimos pescar a la
caída de la tarde en la zona más baja, en Los Tilos y Las Cantarillas.

Mientras
ellos dos se quedaban en los Tilos y La Corredoria, yo me bajé por el sendero
casi oculto entre la maleza, hasta Las Cantarillas. Allí pude recordar mis reos
perdidos y sacados el año anterior. La tablona de la cueva y la rasera de la
caída hacia la corriente final era lo que quería pescar. Me llevé  la mano dos buenos reos pero, otros dos me
llevaron todo el aparejo por lo que decidí abandonar dado mi estado físico con
rotura de menisco interno y, aunque con bastón, como tampoco tenía linterna y
estaba oscureciendo, no tenía ganas de problemas.


Tras
subir, pude contactar con Borja que me dijo que había disfrutado un montón por
encima de donde yo me encontraba y que Tello estaba haciendo lo mismo. Cuando
le dije que me marchaba para Trescares, intentó convencerme e incluso me
ofreció una linterna pero, desistí, no quería riesgos. Ellos se quedaron y
gozaron de lo lindo mientras yo, como tardaban en llegar, y después de una
buena ducha, me dispuse a cenar en el Restaurante Monte Río, con una cena
suculenta: revuelto de gambas y oricios, más chuletillas de cordero.

Cuando
había terminado de cenar llegaron mis dos compañeros contándome la aventura y
el disfrute. Yo, les señalé la mía, la cena y ellos se pusieron “manos a la
obra” haciendo lo propio. Mientras llegaba su cena, contaban la experiencia
vivida. Les observaba lo contentos que estaban después de la primera jornada de
pesca y la felicidad, mezclada con cansancio, que tenían en sus rostros. Una
alegría.
Después
llegaron las copas pero, ya en la terraza, y más comentarios de la jornada
pesquil.

EL
SÁBADO A LO LIBRE EN PIEDRAGONERO Y TABLÓN DE LA TORRE

Nos
habíamos acostado tarde por lo que no madrugamos. El desayuno estaba previsto
para las diez pero, el único que había bajado de la habitación había sido yo.
Me dispuse a desayunar con un buen zumo natural de naranja,  mis tostadas de pan, con aceite y miel, y
un  buen café con leche.

Terminé
y comprobando que no bajaban, intenté localizar les por teléfono pero, no estaban
operativos. Sobre las once, apareció Borja, no con muy buena cara. Había pasado
mala noche por culpa de la cena. Se tomó una infusión y se volvió a la
habitación a descansar, anunciando que nos fuéramos a pescar sin él, cuando
bajase Tello, que si mejoraba nos localizaría.

Me
dediqué a observar desde la terraza del Monte Río lo espléndida que es la
naturaleza. La luz del sol iluminaba las praderas más próximas al río Cares y
perfilaba las montañas con una nitidez exageradamente bella para la fotografía
y así lo quise plasmar y se lo ofrezco. Merece la pena recrearse en paisajes
sin par. 


El Cares es “cielo e infierno” pero, cualquiera de los dos extremos
están plagados de belleza natural. Desde luz brillante a las nieblas que ocultan esa
belleza, enganchándonos al “infierno” con sus tinieblas, que son la otra
belleza de la zona porque, aquí todo es bello, hasta la noche más oscura.

Media
hora más tarde apareció el “dormilón extremeño”, tampoco había dormido mucho.
Es el problema de las cenas abundantes pero, cuando uno llega de pescar se come
lo que le pongan. El río levanta el apetito.
Tello
y yo subimos hasta Piedragonero, dejándome a mí en el aparcamiento mientras
subía a Arenas para recoger a Andrés en su domicilio.


El
día era espléndido de sol, todo lo contrario a la primera jornada y eso lo
notamos una vez que salimos a pescar. La transparencia de las aguas y la luz
intensa fueron el principal problema para “no rascar bola” en toda la jornada
que pescamos entre las 12 y las 14,30 horas. Había comenzado a pescar frente a
la gasolinera pudiendo comprobar lo bonito que estaba el río y la hermosura de
tablas para el lance a cualquier arte. Utilicé la ninfa en las corrientes y con
un solo pez a la mano, un esguín, estuve a punto de marcharme cuando comprobé
que por donde había entrado yo, había ya otros dos pescadores. Continué
intentándolo un buen rato más pero aburrido, desistí.

Tello había tirado en dirección contraria a la mía, por la carretera fijándome
y entre el ramaje, le localicé, anunciándole que me acercaría a la parte final
del tramo, en Piedragonero de Arriba. Justo en ese espacio de tiempo apareció
Borja con mucho mejor aspecto y se quedó con Andrés intentando localizar algún
salmón, en el pozo de abajo.

Ni
truchas, ni reos, ni salmones vimos pero pescadores, la tira y, con “el cero”
clavado, nos fuimos a comer hasta casa de Roberto, en Trescares. Teníamos ganas
de fabada y eso fue lo que nos metimos entre pecho y espalda, repitiendo y,
además, acompañando un plato de cabrito exquisito. La leche.
La
sobremesa fue larga y estuvo acompañada de unas copas hasta hacer tiempo para
ir al sereno al Tablón de La Torre.

El
sereno dio parte del fruto esperado por unos, no así para otros como yo que no
fui capaz de sacar un pez y eso que estaba pescando con ahogada.
El
primero en conseguir pieza fue Andrés Tolosa, con un hermoso reo, que repitió
pocos minutos después. Poco a poco, y tras una clase de lanzado intensiva de
Tello a Borja en el lance de la mosca seca, ambos consiguieron varias piezas. Más
de doce o catorce pescadores copábamos las orillas, por

una y otra margen, por
lo que quien se moviese “perdía la silla”. Cansado de varear sin el fruto
apetecido y estresado por los movimientos de los reos y truchas en superficie,
abandoné la pesca y así se lo anuncié a mis compañeros porque no veía apenas.


Me terminaba
de cambiar en la explanada donde habíamos dejado los coches, cuando llegaron
ellos. Habían vuelto a disfrutar con varios reos en sus líneas. Otra alegría
más y para Trescares a cenar que al día siguiente querían madrugar para ir a
pescar a La Higar.

EL
DOMINGO, TERCERA JORNADA DE PESCA

Aún en mi cama, siento la apertura de las puertas de Tello y Borja, dos habitaciones más allá. Eran poco más de las seis de la mañana y por la ventana de mi habitación, que siempre la dejo abierta para que sea el día el que me despierte, pude comprobar que la jornada no pintaba bien, aunque no me fuese a levantar para ir a pescar con ellos. Había niebla en la montaña y a pie del Hostal Monte Río, y ya se sabe el dicho: “niebla en la montaña,

pescador a la cabaña”. Vamos, no me estaba arrepintiendo de no haber ido con ellos a pescar de madrugada en La Higar.


La
mañana se me hizo larga porque la puntualidad de los pescadores es el extremo
opuesto a la formalidad. Así y todo, gracias al periódico y los paseos por la
zona, tampoco se me hizo muy larga la espera. Sobre las 10,30 horas había sido
la quedada para desayunar y el que más temprano apareció en el

lugar de la cita
fue Borja y, ya eran las 12. Media hora más tarde llegaron Tello y Andrés.

Con
el cansancio en la cara plaga de “hormigas” por no haberse afeitado desde día
anterior, pidieron su desayuno del pescador y mientras me ponían “los dientes
largos” con sus aventuras de pesca en La Higar. Habían disfrutado de lo lindo
con piezas de buen porte y, aunque cansados se mostraban tan felices como dos
niños estrenando zapatos nuevos. Cuánto me alegré aunque yo no hubiese participado.
Tampoco me arrepentí de no haber ido con ellos porque continuaba con mi “malestar
in mente” por la desgracia en dicho coto hacía dos días. Vamos, que continuaba
muy aprensivo y con pocas ganas de acudir a pescar

posteriormente. Aunque parezca
mentira, no dejaba de pensar en el desafortunado pescador que perdió la vida en
uno de los pozos de La Higar y esto me marcó la jornada.

Tras
el desayuno potente, volvimos ya los cuatro hacia el coto para continuar ellos
pescando, mientras yo me iniciaba en la jornada.

Tello
y Andrés se quedaron conmigo en la zona más cómoda de pesca porque,
sinceramente, no me atraía lo estar pescando sólo. Borja pescó desde La Higar
hacía la cabecera del Pláganu, mientras nosotros nos quedamos desde La Higar
hacia Cantones.

Por
la senda que discurre a lo largo de todo el coto nos dividimos la zona de
pesca. Lo más cómodo y que estaba sin tocar, la caída y tablas de La Higar

para
abajo era para mí disfrute. Las corrientes hasta Los Cantones para Tello. Me mostraba
desconfiado en la zona y no hacía más que mirar hacia donde estaba el extremeño,
sin perderlo de vista. No me encontraba cómodo. Intenté meterme en una tablada
hermosa que parecía no tenía mucha profundidad para pescar a ninfa y, cuando estaba
en medio, aguas arriba en el pasillo izquierdo con una roca grande en medio del
agua y la pared de la montaña al otro lado,


compruebo varios reos cebándose
como fieras. No paraban. Intenté acercarme lo más posible para poder lanzar con
comodidad y fue cuando comencé a sentir el agua que me entraba por el lateral
del vadeador. El frío me despertó del encanto de los peces cebándose y decidí
dar la vuelta y bajar por donde había subido para cruzar a la otra orilla y
coger la mosca seca.


Ya
en la orilla, creí más oportuno subir al aparcamiento donde tenía el coche y
coger la caña de pescar a ahogada o a la leonesa, como me gusta decir. Así lo
hice y me dispuse a pescar.
Por
el camino desde el aparcamiento a la zona de las cebadas, sólo iba pensando en los
buenos reos y, si continuarían puestos. Para mi sorpresa ya no jugaban por
lo que, en quince o veinte minutos había perdido la oportunidad de disfrutar.
El miedo es libre y, lo cierto es que estaba un poco acojonado por los
acontecimientos. Nunca creí ser tan miedoso.

Con
pocas ganas de volver a meterme en el río y con “la bola” lo que hice fue pescar
desde orilla “sin jugarme nada” y como mucho metiéndome en la orilla donde
menos cubría el agua. El miedo es libre y la suerte estaba conmigo por encima
de donde se cebaban anteriormente, y justo cuando dejé bajar la cuerda con mis
cuatro moscas hacia la roca en medio de la tabla, vi salir un buen  reo que tomó con virulencia la mosca, dando
un salto que

se destrabó. Los nervios se notaron en mi cuero cabelludo y el vello
de mis brazos. La tensión fue tal que se me acaba de quitar el acojone.


Tres
lances seguidos, casi en la misma zona y tres peces, dos truchas y un reo y
nada más. Desaparecieron como por arte de magia.
Decido
subir aguas arriba, hasta las proximidades del pozo de La Higar, donde en la
distancia veo una buena zona de pesca, aguas arriba, y pese a ver movimiento en
la orilla contraria, junto a la roca de donde se descolgaban unas gotas de agua que
caían sobre el Cares, no fui capaz a trabar ni un sólo pez más.
Salgo
al sendero y me encuentro a Andrés y Tello que iban a mi encuentro. Andrés me
mandó ir al parado de Los Cantones porque había visto cebarse a buenos reos.
Ello, mientras, lo intentarían con un salmón que había divisado Tolosa a la
entrada del pozo de La Higar.

Trabé
el mejor reo de la jornada en la caída de la corriente hacia la tablona de
aguas paradas de Cantones. La pelea

fue linda pero duró lo que suele durar una
sonrisa, segundos. El pez se destrabó y es lo que tiene pescar con anzuelos sin
muerte pero es muy bonito.

Viendo
como se cebaban más abajo lo volví a intentar varias veces pero sin éxito. Les
pasaba las moscas por encima pero, cuando divisaban la boya, salían como motos.

Decido
regresar y me acerco al pozo de La Higar donde estaban Tello y Andrés intentándolo
con un salmón, aunque sin éxito por lo que decidimos comer un bocado en el
aparcamiento porque yo me tenía que volver a casa y a Ángel J. Tello le quedaba
mucho camino hasta Jarandilla de La Vera (Extremadura).
Sacó
chorizo ibérico en tripa cular hecho en casa, salchichón de la misma marca
casera y un queso de cabra que “Dios mío” era un manjar.
Hablamos
de La Vera y sus delicias gastronómicas y de pesca. Me regaló pimentón y
cerezas de su tierra y nos despedimos con un fuerte abrazo.

Después
me enteré que Tello aún se quedó en la zona a pescar un rato más junto con
Andrés. También supe que hicieron una muy buena pescata de reos de mucho porte
y que nuestro querido Borja Setién había disfrutado como nunca. Cuanto me alegro.

Y
el año que viene, si podemos, volveremos a Cares porque si no estábamos ya
enganchados a él anteriormente, que sí, la aventura de tres días nos ha unido
tanto a este río, sus paisajes, sus peces…y sus gentes que hasta hemos quedado
prendados de la naturalidad y saber de Andrés Tolosa que ya es uno más del
grupo. Tolosa es un libro de sabiduría del río y la pesca pero es todo bondad,
amistad y signo inequívoco de que cuando uno quiere y lo intenta, se puede
conseguir todo, pese a ir por algún camino “desviado”y ciego,  a más de 140 kilómetros por hora.

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