Jornada en Trescares con visita de “la nube” y poca pesca

El río Cares bajaba excelente de caudal pero no quisieron “festejar” nuestra llegada “don reo y doña trucha”, aunque alguna picó

Salmones, ni verlos pero, MIERDA, una poca

Fotos y texto: Eduardo García Carmona

No estamos en “año de suerte”, de momento, mi compañero de pesca y amigo, Benito Lozano y quien esto escribe. Aún nos quedan cotos para pescar y la Semana Internacional de la Trucha de León.

Hace una semana nos fuimos a tierras leonesas a pescar un buen coto, La Omañuela y poca fortuna tuvimos con la tormenta y las truchas. Ahora, tocaba turno a Trescares, localidad de Peñamellera, un coto parcial que nunca había pescado, aunque si había parado y hospedado en el Monte Rio, donde Roberto, su propietario sabe atender de maravilla a todos los que por allí se acercan, con atención especial a los pescadores. Mi compañero lo había pescado en varias ocasiones y me había hablado muy bien de este tramo del río Cares a medio camino entre Panes y Arenas de Cabrales.

LA JORNADA DE PESCA

Tras llegar hacia las 10,30 de la mañana y la visita al Monte Río para tomar café y saludar al propietario, mi compañero y yo bajamos dirección a Panes para comenzar pescando donde las tablillas indican a la izquierda, La Higar y a la derecha, Trescares.

El día amenazaba tormenta y lluvias, según los pronósticos y, aunque el cielo estaba cubierto de nubes, lo cierto es que no descargó la nube hasta poco antes de la hora de comer.

La ilusión era mucha cuando, después de la foto inicial, bajamos las escaleras, labradas en la roca, y cogimos el camino o desviación a la derecha para pescar los primeros tramos del tramo acotado parcial que, los fines de semana son libres para todos los pescadores.

El Cares presentaba un aspecto espléndido, con buen caudal y aguas limpias y transparentes. Incluso puedo decir que más agua de la esperada, cuando el Gobierno de Cantabria ha cerrado la temporada de pesca en todos los ríos de su Comunidad por los problemas con la sequía ¿?

Tanto Benito como yo nos dispusimos para los primeros lances a ninfa y perdigón y muy ponto, a la tercera varada “el abuelo” se lleva su primera captura a la mano. Trucha preciosa pero de talla mínima. La ninfa conocida como gasolina fue la preferida de la pintona, quizás por aquello de que hacía una semana se habían derramado 30.000 litros de éste líquido unos pocos kilómetros más abajo, en Niserias.

Continuamos pescando después de dejar la zona conocida por La Tejera, donde nos encontramos a Pablo, un vecino de Mier, que también estaba pescando un poco más arriba, en La Tejuca. Entablamos conversación y comprobamos que él tampoco había hecho nada positivo. Conocía los ríos de León, así como alguna zona, Astorga principalmente, y la propia capital, con buenas amistadas por allá.

En la Tejuca, mi compañero volvió a sacar un par de truchillas pero, nada más. Yo, ni tocarlas.

Después de despedirnos de Pablo, y ya por la Llontriega, decidí pescar a seca pues el Cares presentaba una buena zona para ello. Puse un  tricóptero negro y, aunque no había ni una sola “cebada”, me dediqué a pescar al agua, metido en medio de la tabla con agua hasta casi el pecho. El agua estaba fría y era normal que de momento, ni postura ni peces se moviesen.

Desde la Llontriega a la Solavega, decidimos subir a la pradera porque por el río estaba complicado vadear. Allí nos encontramos con un burro jovencito que nos quiso acompañar por toda la travesía verde. El pollino nos seguía a menos de un metro acompañándonos hasta la zona alambrada donde le dejamos con la cabeza muy alta, como sus orejas estiradas, como queriendo saber por dónde nos metíamos.

Comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia y no teníamos chubasquero, por lo que viendo el éxito de pesca y que en la zona de La Solavega había otro pescador, decidimos visitar a Roberto y tomarnos un piscolabis.

Subiendo la cuesta hacia la carretera general donde está el Monte Río, dejaron de caer las gotas de lluvia por lo que viendo la hora que era, decidimos no parar y llegar por la carretera hasta donde teníamos el coche aparcado, entre La Higar y Trescares, con el fin de coger los chubasqueros y comer en la zona recreativa que allí existe.

Acertamos porque, aunque desde el bar, Roberto nos saludó con la mano, no paramos por miedo a la lluvia que había parado pero que parecía que volvería de un momento a otro.

EL ESCABECHE DE MERCE Y LA GLORIA LEONESA

Llegamos al coche a eso de las 14, 25 horas aburridos por no pescar nada y con ganas de comer y beber algo. Cogimos los chubasqueros, nos acomodamos en la mesa existente en la zona verde y mientras Benito preparaba una ensalada y yo sacaba la “Juliana” y el chorizo “Gloria Leonesa”, de cárnicas Escobar, de Matallana de Torío, aún no conocía la sorpresa que llevaba en un “taper”. Era la sorpresa que me tenía Benito y que no había querido descubrir, todavía.

Me imaginé de todo pero, apostaba por pulpo ya que el día anterior por la noche él había salido con su señora, Merce a tomar unas sidras por Gijón y se “metieron” unas raciones de pulpo para el cuerpo.

La sorpresa era bonito en escabeche hecho por Merce quien había asegurado que me gustaría, con toda seguridad. Y ciertamente, acertó de pleno. El bonito estaba de escándalo y de ello dimos cuenta los dos. Como calificación, le puse un “veinte” a la cocinera. El escabeche estaba de “chupa e domine” con su toque de laurel, el punto de ajo, perejil, vinagre y aceite de oliva virgen. Una delicia.

De la ensalada de tomate, pimiento y cebolla no quedó ni el líquido elemento al meter “barcos” en la fuente.

Después dimos cuenta de la corra de chorizo de León, con un toque picante, y la bota de vino quedó sin mosto de uva, prácticamente.

LA JORNADA DE TARDE

Tras la comida que hicimos con el chubasquero puesto y la tormenta muy cerca que nos mojaba a ratos, decidimos pescar “a la leonesa”. Después de ver el río, la experiencia nos decía que era el arte a utilizar.

Montamos las cañas y colocamos las moscas leonesas. Benito, en una cuerda preparada al efecto. Yo, directamente sobre la propia línea. Mi cuerda estaba compuesta por un sangre de toro, de rastro; un negro con brinca marrón y pluma aconchado encendido, como ahogado; un malva, en indio; un lila, en indio oscuro y un marrón con brinca amarillo como saltona. Mi compañero puso unos mosquitos parecidos, cambiando alguna posición. Por ejemplo, el negro en indio y sin brinca, lo puso de rastro. El malva de ahogado y puso una saltona especial que era un mosquito que le había regalado el abuelo Corral. Una especie de aceituna con tejadillo de pelo de ciervo y hackle gris medio.

Nos dispusimos a realizar el mismo recorrido de la mañana, desde la divisoria con La Higar, hasta llegar a La Capilla.

Nada más bajar las escalera ya vimos las primeras cebadas de truchas pero, ignoraban nuestros engaños. Por fin saco la primera y venía prendida al negro que llevaba junto a la boya. No llegaba a una cuarta y volvió al agua, incluso sin fotografía. Al poco rato otra, al lila. También pequeña. Mi compañero Benito, más o menos igual.

Mientras yo volví a saludar a Pablo, que continuaba en el mismo sitio donde la habíamos dejado y no había hecho nada, me comentó que la tormenta estaba jugando en nuestra contra, cuando Benito pilló una buena trucha, tal y como estábamos viendo que se doblaba la caña. Fue a la caída de la tablona que había pescado yo por encima. Trabajó muy bien la captura y consiguió meterla en la sacadera. Se trataba de una buena trucha de cerca de kilo, con una librea preciosa. El mosquito que le dio la captura fue la saltona de Corral, el “abuelo”.

Continuamos pescando hacia arriba y viendo el éxito de Benito con su saltona, decido poner un tricóptero negro en pavo real, tejadillo de gallo de León pardo flor de escoba y hackle rubión y, después de haber presentado con anterioridad, ocho o diez veces la anterior cuerda a una trucha que se estaba cebando a la cola de una roca y ser rehusadas otras tantas, a la segunda pasada tomó el tricóptero. Era un precioso reo, porque con los tirones que daba y los saltos sobre el agua, así lo parecía. Al final, una salida veloz con salto fuera del agua y el reo, o lo que fuese se quedó en el río. Tengo que apuntar que todas mis moscas son SIN MUERTE, sin arponcillo, por lo que es más fácil perder ejemplares. Lo importante es disfrutar y eso fue lo que ocurrió, animándome la tarde.

Después vinieron algunas capturas más pero, salvo una de buen porque, dedicada a Merce, las demás no daban la cuarta y tampoco fueron muchas.

Y LA MIERDA CAE AL CARES

A Benito, que ahora estaba por encima de mí,  pescando en la Solavega, le perdí de vista y lo que hice fueron unas fotos de la salida de UN DESAGÜE, que vertía su agua putrefacta y mal oliente al río Cares. ¡Qué pena! Después, antes de marchar pude comprobar que el desagüe salía de una arqueta que existía en el camino, junto al río, y que colmatada debía desbordar enviando LA MIERDA AL RÍO CARES.

Cuando llegué a La Capilla, no localizaba a Benito y pese a mis silbidos y voces, no lo localizaba. Estaba metido pescando en la zona de la desembocadura del río Jana, lugar donde se inicia este tramo de pesca de Trescares.

En el pozo que está justo por debajo de la rasera donde estaba él, pinché alguna trucha más pero sin conseguir llevarlas a la mano. A Benito le había pasado más de lo mismo, tirones y poca cosa más.

Como la tormenta volvió a aparecer, nos fuimos hasta el bar y mientras nos tomamos una caña, llegó otro pescador que se quedaría hospedado allí y se nos acercó. Venía de Valladolid porque el domingo tenía coto de salmón y quería pescar antes algún parcial.

Una vez que pasó la tormenta, bajamos a La Capilla, porque la caída Antes del pozo y salida de éste, presentaban muy buena cara con movimiento de peces.

Por más que lo intentamos, nada de nada. Eso sí, comprobamos como subía el vapor de agua de lluvia, una vez que pasó la tormenta, dejando el curso del río Cares entre tinieblas. Una bonita estampa.

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