Es una historia vivida en plena naturaleza, en tienda de campaña en 1986

El “despertador” era el sonido de la naturaleza cercana a Riaño. Nuestra “familia”, las gentes del lugar

Texto y fotos: Eduardo García Carmona.

Durante seis años, Juan Moreno Tascón y el autor de este artículo, recalábamos la primera semana del mes de julio, en tierras de la montaña leonesa, en la localidad de Las Salas. Allí, en “la era” del pueblo, finaliza el viaje de ida, desde la capital leonesa. Una semana más tarde, volvíamos a llenar de trastos el coche y regresamos a nuestro hogar en León. Era una vuelta con añoranza por lo vivido en plena naturaleza.

La llegada a Las Salas no pudo ser más feliz ese año. Eran muchas las ganas de volver a estar, un año más, en la “semana del padre”. Así la denominamos desde hacía unos años.

Era, prácticamente, el inicio del verano de 1986 y también, fue la “semana del hijo”, ya que Dani y Eduardo, nuestros hijos, nos acompañaban en la aventura. Creíamos que si a nosotros nos  gustaba el contacto directo  con la naturaleza, el disfrutar de la belleza natural, del paisaje, paisanaje, del río Esla, la pesca de la trucha y las gentes de la montaña, a ellos también debería gustarles; y ciertamente no les desagradó, queriendo quedarse más tiempo del que, en un principio, teníamos asignado por “nuestras partes contrarias.

Lo peor fueron los dos primeros días. Para dos críos de 10 y 11 años,  no fue fácil habituarse a algo que no conocían tan directamente y  hacer vida sin más techo que el cielo, a excepción de la lona de nuestra tienda de campaña pero, conocieron a los hijos de Vicente y varios más del pueblo, especialmente los hijos de Serafín  y Enedina y todo fue cambiando con el paso de las jornadas,  llegando incluso a realizar, con las pocas truchas que pescamos, “una fábrica de salazón de pescado” curado al humo y frío de la montaña, una vez lo teníamos metido en sal. 

El sol fue generoso a lo largo de la semana. El paraje era ideal: montañas y más montañas, el río por medio, un puente sobre el Esla que separa “la era” de lo que era el núcleo del pueblo de Las Salas y una  fuente con agua cristalina y fría para calmar nuestra sed.

Los chopos, salgueras y, sobre todo, cerezos, avellanos y nogales completaban el paisaje limpio y sano. Al despertar nos acompañaban los alegres trinares de todo tipo de pájaros y un mirlo, espléndido en su cantar, que hacía de despertador y alegraba el amanecer en cada jornada.

El atardecer, con la caída del sol, se hacía “rogar” día tras día, y es que el sol fue de justicia a lo largo de toda la semana y necesitábamos el refrescar de la montaña leonesa.

Con la caída de la tarde, la temperatura era mucho más llevadera y daba gusto disfrutar al aire libre de nuestro tiempo de asueto antes de la cena.

Las noches frías se agradecían. El campo se inundaba de rocío, únicas gotas que mantenían la hierba verde, refrescando el ambiente y obligando a la utilización del anorack en pleno mes de Julio, pese al calor diurno.

Así iba transcurriendo “nuestra semana del padre y los hijos”. Parecía larga pero, como en años anteriores, al final fue corta, muy corta. Cuando uno disfruta ¿qué rápido transcurre el tiempo?

El estar en contacto con la naturaleza, hace que se valore mucho más lo que se disfruta. Se mima con cariño el entorno, que otros muchos estropean en su visita diaria o de fin de semana. De ahí el haber llevado a nuestros hijos, para que aprendiesen a amar la naturaleza, respetarla y cuidarla.

Nuestra mayor sorpresa  fue comprobar que la vida al aire libre, cada día gustaba más a los españoles y algún que otro extranjero que comenzábamos a tener de “compañeros” a ratos.

Hacía sólo seis años atrás,  nosotros estábamos solos en aquella “era” en compañía de Vicente y sus familiares,  Tere y Antonio con sus hijos, que llevan más de 20 años acudiendo al mismo lugar.

Aquel verano de 1986 teníamos dificultad para poder acampar y, si a ello añadimos el gran número de pescadores que se daban cita, a diario,  y los “domingueros”, la respuesta es inmediata: la zona necesita un camping. Gentes de Holanda, Francia, Asturias, Valladolid, Madrid y León estaban allí acampados, convirtiendo algo que daba intimidad, en una policromía de colores, olores, suciedad, y malestar general.

AL LLEGAR CONTÁBAMOS LAS TRUCHAS

Nuestro furor por la pesca era tal, que lo primero que hacíamos al llegar, antes de cruzar el puente, era mirar el río, observar las truchas, seguirlas con la mirada y casi, numerarlas…!

¡Mira allí, aquella es buena! Esta, se está cebando! ¡Aquella grande, como cuida de su territorio!… y, como siempre, al llegar la misma expresión, ¡qué bonito baja el río. Este año “nos ponemos las botas”!… Y tanto que nos las pusimos pero, las de pesca durante toda una semana. Al final, nada de nada o, poco, muy poco, en cuanto a pesca se refiere.

La trucha que estaba sufriendo mucho con la enfermedad de la Saprolegnia, no entraba al engaño. ¡Nuestro gozo se queda en el pozo. !

Por cierto, si la enfermedad había sido virulenta hacía un par de semanas por los ríos leoneses especialmente Órbigo, Luna y Porma ahora, parecía remitir pero, todavía se veían algunas enfermas, aunque en menor cantidad. El espectáculo de las truchas enfermas con sus pintas blancas en la cabeza y cola, principalmente, no era satisfactorio para la vista. Las truchas enfermas,  parecían seres de otras galaxias. Se quedaban casi aletargadas, sin poder moverse y sin ningún tipo de defensa, hasta que morían bajando por las corrientes o atollándose en las orillas.

LA PESCA

En cuanto a la pesca, la verdad es que el balance fue pésimo.

Durante toda una semana pescamos diecinueve truchas en total, y menos mal que el jueves llegaron a pasar unos días con nosotros, Gerardo García Merino y José Robles “el relojes”, que si no, nos quedamos en la media docena. Algo inconcebible y más pensando  que el año anterior las capturas habían sido bastante buenas. Es más, Juan y Gerardo ni siquiera se estrenaron. Así estaba el tramo libre de Las Salas, aguas arriba hasta el muro del pantano, aún sin embalsar.

En dos ocasiones Juan y yo, madrugamos al sereno de la mañana y, ni tocarlas. ! ¡Vaya faena! Y es que levantarse a las seis y media de la mañana para pescar y a “las pintonas” ni  las veíamos, desesperaba. Ni siquiera  una picada.

Las condiciones climatológicas eran estupendas. El río bajaba bien y  según las tablas solunares, habíamos elegido la mejor semana para la pesca con cuarto menguante.

La moral, tras la salida al río de madrugada, estaba bajando enteros. Nos animábamos, entre nosotros,  con la esperanza de que la tarde y el sereno serían mejor pero, ni la tarde y, aún menos, el sereno, reconfortaron nuestro ánimo.

A la caída del sol eran tantos los pescadores, que las truchas, obligatoriamente, tenían que esconderse en las cuevas, bajo las piedras y algunas, me imagino, que incluso “emigrarían para Alemania”.  Aquello parecía “la guerra”, una guerra sin cuartel donde el único derrotado, al menos esa semana, fue siempre el pescador. Imagínense  llegar al río a pescar y tener que “pedir número” los pescadores para poder lanzar por orden. ! ¡Casi nada para el cuerpo!

Las posturas de mosquitos ni se veían por el río. A veces aparecían un par de mosquitos por el agua, pero las eclosiones eran mínimas. Caía algún mosquito amarillo limón, algún  salmón y carnes pero, las truchas no comían arriba, o al menos no picaban en el señuelo. Al final, decidimos no pescar durante el día, los días que nos restaban,  hasta que llegase la caída de la tarde y el sereno pero, tampoco entraban “las pintonas”. Al atardecer nada de nada, porque el río era una fiesta de gente cruzando por donde les venía en gana, sin ningún tipo de respeto.

Eso al atardecer, porque al sereno ya no se podía hacer nada. El viento fue el principal protagonista cimbreando las salgueras, los chopos, nogales y cerezos, e impidiendo que el poco mosquito que caía, se apoyase en el agua, para ser presa de “la reina de nuestras aguas”.

Lo expuesto anteriormente, peor imposible. En una semana de pesca, entre cuatro, tan solo diecinueve piezas y dos compañeros se quedaron a “cero” sin sacar la muestra en toda la semana.

Dicen que el pescador es como el cazador o viceversa, que  a una captura pequeña, la hacen crecer tanto en tan poco tiempo que, al final, el ejemplar capturado era de un metro. ¿Para qué quiero engañarles yo?

GENTES DEL LUGAR

En nuestro diario vivir en Las Salas, durante esa semana, una parte muy importante son las gentes del lugar. Algunos toscos y reservados, otros, los más, abiertos y generosos, con amistad sincera ganada a lo largo de los seis años que llevamos acudiendo allí.

Como buenos pescadores, no podíamos dejar pasar el rato de la partida de cartas. Nuestro lugar de reunión, en unas ocasiones, era el bar “El Jaido” y en otras, el bar “Las Pintas”. En el primero, siempre atentas y serviciales, Loly, Belén y Elena, las tres hermanas de Raúl que también ayuda. Por cierto, tanto Raúl como su amigo Ramón eran unos auténticos fenómenos al futbolín. ¡Qué partidas jugábamos!

En “Las Pintas”, el tute y la escoba nos esperaban a diario. Era un mano a mano entre Juan y yo, que se convirtió en lucha por parejas, con la llegada de Gerardo y Jose relojes.

Por medio Manuela, la singular Manuela, alma y vida del lugar, con su particular despiste, alegría y bondad, reflejado en el trato, hacia nosotros. También, Serafín y Enedina propietarios del negocio: Mesón Bar Las Pintas, José Antonio y sus combinados nuevos, Aníbal, Enrique, Pedro y muchos más…algunos de ellos ya en el “campo santo” (D.E.P).

Poco después cerraron el pantano y todas las historias allí vividas, quedaron en eso, en “historias para el recuerdo” pues, nunca más volveríamos a acampar en aquel lugar donde la naturaleza era nuestro hogar, donde el río era nuestra fuente de inspiración y distracción y donde las gentes de la montaña se convirtieron en nuestra “familia de Las Salas”. El río Esla y la montaña perdurarán en nuestras mentes, como aquellas excursiones al muro del pantano para ver Huelde y sus gentes o cuando subíamos andando a Lois para ver “la catedral de la montaña”.

¡Qué recuerdos…!

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