En el coto de La Omañuela, río Omaña (León)

Río en excelentes condiciones de pesca, buena temperatura pero “barruntaba tormenta” y esto las pintonas nos lo hicieron “pagar”

Pese a todo una gran jornada de amistad con mucho cansancio y pocos peces

Fotos y texto: Eduardo García Carmona

Teníamos  las máximas ilusiones por pescar el coto de La Omañuela que hacía unos años no lo podíamos coger en tierras leonesas y ésta temporada el sorteo de cotos nos benefició, relativamente. Como somos cuatro los componentes del grupo de pesca, unos por otros que si en una fecha sí y otras no, al final lo pescamos a mediados de Mayo y lo que creíamos que sería “un festín de gozar”, se convirtió en un caminar e intentarlo en todos los rincones sin demasiado éxito por culpa de que las truchas “barruntaban la tormenta”, que al final cayó cuando nos marchamos, y porque “la sapina” hizo de las suyas. Sólo salieron las pequeñas y no en la cantidad que todos deseábamos porque, salvo quien esto escribe que disfrutó llevándose a la mano, entre 17 o 20 truchas, cortadas por el mismo patrón entre 20 y 22 centímetros, incluso alguna más pequeña, el resto de la expedición, con Benito Lozano a la cabeza con sólo 4 o 5 capturas, y pequeñas, y con Luis Alberto, que llegó a pescar a las 14 horas y prácticamente hizo lo mismo, no pudieron disfrutar salvo a la hora de comer en plena naturaleza con “mi juliana” por medio con buen vino, queso de Valdeón, chorizo y salchichón de Matallana de Torío y la tortilla de Benito, que estaba excelente, más el café y el “chupito” con cerezas de El Bierzo, hizo que “las penas” fuesen una anécdota más.

La gran ausencia ha sido la de José Luis Méndez, nuestro estimado compañero de pesca y amigo, pero un problema familiar hizo imposible su asistencia a pescar. Le recordamos con mucho cariño y se notó su ausencia. Un abrazo, campeón. O sea, sólo estuvimos en el coto, Luis Alberto “Chingli”, Benito Lozano y yo.

LA JORNADA DE PESCA

Con la ausencia del cuarto compañero, José Luis Méndez, Benito y yo salimos de tierras asturianas a las 8,30 de la mañana con destino La Magdalena (León). A la salida de la autopista, la primera parada para tomar un café y llamar a Josines. Como debíamos comprar el pan en ésta localidad, aprovechamos para departir un rato con ese gran pescador que nos contó que se estaba pescando bien en el río Omaña, en general, con ejemplares de muy buen tamaño. Lo mejor, según sus consejos, era pescar a la leonesa porque a ninfa y perdigón no estaban entrando bien.

Con los dientes largos tras los consejos de Josines, nos dispusimos a acudir hasta Pandorado y del alto, a mano izquierda, bajar hacia La Omañuela pueblo, donde dejamos el coche junto a la iglesia del pueblo que parecía “dormido” si no fuese por la presencia de algún perro.

Cruzando el puente había otro coche aparcado lo que indicaba que ya estaban pescando otros aficionados y así resultó.

Por el motivo relatado, Benito y yo, tras montar la caña con moscas leonesas, nos dispusimos a caminar hacia la parte baja del coto de La Omañuela para librarnos de los dos pescadores que habían salido bastante antes que nosotros.

Tardamos en encontrarnos a uno de ellos y fue justo después de encontrarnos la “gran peñona” donde el río embiste con sus aguas cantarinas y bravas para remansarse creando un pozo con una buena salida. No, no probamos fortuna, preferíamos ir todavía más abajo y así lo hicimos.

Pasamos otra zona rocosa de características parecidas a la anterior y después unas tablas muy buenas para el lance pero, Benito prefería bajar más. Casi nos “salimos” del coto.

LA ZONA ELEGIDA POR BENITO

Por fin llegamos a la zona donde más le gustó a mi compañero y nos pusimos a pescar. Me quedé en una zona más abierta y él prefirió bajar un poco más, aunque a mi vista, porque deberíamos ir subiendo ya que, Luis Alberto, Chingli, había quedado en llegar sobre las dos de la tarde y ya eran las 13,05 horas. Vamos, perdimos entre La Magdalena y bajar el coto, casi toda la jornada.

Los primeros lances presagiaban lo que nos imaginábamos por el camino al ver sapos pequeños y no ver movimiento en las tablas del río y, lo que era peor, no ver truchas cuando nos acercábamos a la orilla.

Siento los dos primeros tirones y me animo. Observo que Benito está llegando, aguas abajo, a una curva del río donde le dejo de ver.

Continúo pescando y saco mi primer ejemplar con ese colorido del río Omaña. Una trucha hermosa de unos 18 centímetros y con un colorido precioso. Parecía de mayor tamaño cuando entró a mi mosquito gris claro, con pluma indio acerado.

Hago la primera fotografía y la devuelvo al líquido elemento. Vuelvo a lanzar y consigo la segunda, tras cambiar el pardón por un Olivia como saltarina. Era un ejemplar bastante mejor y, medida por mi cuarta, daba el tamaño de unos 22 centímetros, que es la amplitud de mi dedo meñique al pulgar. Otra foto y al agua.

Así continué en el mismo lugar del río sacando truchas pequeñas pero gozando pues entre las 14 y 14,35 horas había contabilizado unas 14 truchas a la mano, más alguna otra que había perdido porque los anzuelos son sin muerte.

Como Benito no aparecía, me decido a silbar con los dos dedos y dar unas voces en plena naturaleza pronunciando su nombre. Ni rastro. Llego donde la había perdido con la vista y continúo voceando y silbando. Nada de nada.

Me quedo allí probando fortuna y continúo sacando truchinas, aunque ninguna de medida que son 24 centímetros, si bien siempre pesco sin cesta, que no tengo, porque no pienso matar ninguna.

Como Benito no aparece y le había visto subir. Espero un buen rato más hasta que cansado de esperar decido subir hacía donde tenemos el coche. Eran las 15,20 horas y contando lo que había tardado en bajar, calculaba que llegaría al coche sobre las 16,30 horas, más o menos.

Por el camino, ni rastro de Benito. El móvil sin cobertura. Por fin, vuelvo a ver vida humana. Frente a mí, y por la misma orilla, me encuentro a un pescador de pelo casi blanco, sin cesta, y me paro a hablar con él por preguntar cómo estaba pescando, apuntándole que yo muchas, aunque pequeñas. Me informó que alguna había sacado pero pocas. Me enseñó una de unos 30 centímetros “desnucada” que llevaba en un trapo blanquecino, tipo bolsa húmeda.

Le pregunté si había visto a otro pescador y me dijo que por allí estaba su compañero, a quien había visto yo bajando y que otros dos pescadores estaban cerca del principio del coto. Me imaginé que podrían ser Benito y Chingli.

LLEGUÉ AL PUENTE

Medio exhausto llego al puente de La Omañuela y compruebo que el coche no estaba en la iglesia, por lo que debería estar en la zona pesca libre de pesca, a la sombra, en una zona de recreo con mesas y bancos de madera y a la sombra de árboles. El sol picaba de tormenta desde la mañana y, aunque se veían formaciones de nubes negruzcas, no terminaba de llover.

Nada más pasar la zona de la iglesia, recordé que allí había una fuente, y me apresuré a llegar porque estaba seco y derrotado por el cansancio. Bebí con tantas ganas que temí que me diese algo. Crucé todo el pueblo y allí, efectivamente, en la pradera junto al río se encontraban mis dos compañeros. Respiré pero, enojado. Eran más de las cinco de la tarde y quitando el rato de pesca que tuve, no había vuelto a lanzar en todo el trayecto de vuelta.

Al verme ellos dos, respiraron medio riéndose porque les había preocupado. ¡Serán cabritos…!

La bota de vino, con un poco néctar del “dios Baco” que no había “dios quien lo bebiese”. Estaba tan caliente que parecía el desayuno caliente. Así y todo, le di un par de tientos, a la vez que metí para el cuerpo una raja de chorizo y después otra de salchichón.

Chingli me ofrece una botella de vino que estaba fresca y lo que hice fue vaciarla en la bota. Ahora sí, mi Juliana daba gusto tocarla y empinarla.

Comí relajado mientras Chingli dormía a la sombra de un árbol.

Y colorín colorado, recogimos la mesa y nos dispusimos a realizar otros lances en la tarde. Eran las 19 horas.

Me quedé por debajo del puente donde nos habíamos hecho unas fotos con los cuatro habitantes del pueblo de La Omañuela, con quienes estuvimos dialogando un buen rato. Como siempre salió el tema de que no había truchas y eso que en la freza se habían visto buenos fregones. Mirando y mirando por fin diviso desde el puente, y en las pilastras, un par de buenos ejemplares. Nos contaron de un truchón de más de cinco kilos que habían sacado allí mismo y…¡a pescar otro rato…!

Las corriente por debajo del puente, en la caída, fue el lugar de donde no me moví. Las dos primeras tiradas, dos truchinas. Después otra más y se acabó.

Mis compañeros que habían bajado cerca de 500 metros más abajo, sólo sintieron un par de tirones pero ninguna a la mano y, adiós con el corazón que con el alma no puedo. Nunca mejor dicho.

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