Historias vividas a pie del agua y en tienda de campaña

Isidro, Manolo, Toño, Pedro, Gelo (Charuto) y yo, “un quinteto, más uno,  con alma”

Ellos músicos que sabían “dar la nota” hasta en plena naturaleza

Tres días, cada año, en pleno verano que nos “sabían a poco”

Aquello era amar y vivir la naturaleza, pescar, caminar y recordar los pueblos que desaparecieron con el pantano

Caldereta de los pastores de Luna, patatas asadas al fuego, queimada…

Texto: Eduardo García Carmona. Fotos E.G. Carmona y compañeros aventura

No es un sueño, aunque muchas veces he soñado en volver. Son recuerdos en estos días de “reflexión de la Semana Santa pasada por agua”, buenos días para lectura y rejuvenecer la memoria.

Eran jornadas en plena naturaleza en los montes de Mirantes de Luna (León), en tienda de campaña y con la compañía de buenos amigos.

Son historias a pie de pantano, el de Luna, que parece que no volverán porque estamos “metidos en años” y está prohibida la acampada libre, aunque que en nuestra memoria siempre quedarán aquellas jornadas realizadas varios años.

Éramos más jóvenes, claro. Teníamos ganas de aventuras, también. Trabajábamos y mucho, cada uno en lo suyo y, siempre, con el pluriempleo por medio. Casi no teníamos fechas disponibles para poder realizar “el fin de semana del año en el pantano”.

Los que inicialmente comenzaron las jornadas del pantano de Luna, fueron: Toño, Pedro, Gelo(Charuto), Isidro (Chumino) y Manolo, “COMETA HALLEY”, como eran conocidos en el mundillo artístico, aunque, por parejas unos procedían de Vª Unión, otros de Los Paladines y Juan Cinco Almas. El agregado era yo, amigo de todos, aunque algún año faltaba. Las esposas de cada uno eran las más felices porque nos perdían de vista de jueves a domingo.

Todo lo preparábamos con mucho tiempo y cuando se acercaba el día, no dormíamos por la noche en casa, pensando si se nos olvidaba de llevar algo y por las ganas de llegar.

Eran momentos de felicidad, las mejores vacaciones para unos “currantes” que necesitaban estar en contacto con la naturaleza y disfrutar de la amistad.

LA PARTIDA HACIA EL LUNA

Salíamos de León el jueves, Isidro, Pedro, Charuto y yo, normalmente. Dspués de cerrar la tienda Manolo y Toño, se incorporaban la noche del viernes.

Tres tiendas de campaña y muchos víveres para pasar tres días. Quizás demasiados, “no vaya a ser que pasemos hambre y sed”, decía Pedro.

Sabiendo lo que sabía el “rizoso barbudo”, las cajas de vino abundaban. El orujo, lo llevábamos en un garrafón de 16 litos, por si acaso. Melones y sandías como para vender a pie de carretera. Carne de cordero, patatas en abundancia, huevos, panceta en piezas completas…No faltaba de nada porque el “frigorífico” era natural y nunca fallaba, era un reguero de aguas limpias y cristalinas, frías como el hielo, que bajaba de la montaña de Luna. Allí todo se conservaba gracias a la “madre naturaleza”, que sin lugar a dudas es lo mejor. Lo peor del reguero era cuando nos lavábamos por las mañanas, o nos intentábamos duchar porque el agua era tan fría que nos “hacia agujeros en la cabeza”.

Pero, esto es adelantar acontecimientos.

Antes de llegar al campamento base, los coches los dejábamos en un aparcamiento a pie de carretera y a unos 300 metros de Mirantes de Luna. Allí, los dejábamos los tres días y medio de acampada porque no los tocábamos después.

Desocupados los mismos que cargábamos a tope, había que cruzar la carretera y desprender un tramo de la alambrada espinos metálicos que cerraba la pradera por donde, junto al riachuelo, atravesábamos la misma para llegar a una gran peña caliza donde se estrechaba el paso. Justo antes, en un tramo de pradera con abundantes avellanos al lado del riachuelo, acampábamos los tres días y medio.

Con todo el material arriba, en la pradera, había que acondicionar la base donde colocar las tiendas porque, además de alguna roca caída, siempre nos encontrábamos las sebes crecidas pero, el machete “cubano” de cortar caña de azúcar de Pedro, hacía de maquinaria acondicionadora.

Asentados los suelos de las tiendas, cada pareja montaba la suya. Charuto y yo, juntos por “roncones” y un poco separados del resto. Pedro y Toño, “pareja de hecho” y Manolo e Isidro “los manitas”, casi tienda con tienda. La zona libre de la pradera quedaba para la “cocina” o sea, la hoguera acondicionada con las piedras de la zona para que las chispas no saltasen y fuesen para las tiendas.  La otra cocina, la de gas que también llevábamos, quedaba junto a las mesas en la zona de sombrío próxima al riachuelo.

Como normalmente acudíamos al pantano a finales de Julio o primeros de Agosto, los días de calor se sucedían en la montaña leonesa, aunque por la noche el “frio” se hacía notar. O sea, mantas y sacos de dormir nunca sobraban.

Instalados y con los “vientos” bien fijados para que la tienda no sufriese algún percance, había que ir preparando la cena. Antes, durante y después, la bota de vino se movía asiduamente. Era el momento de cortar jamón, chirizo, lomo…o, incluso de hacer unos huevos fritos porque la primera noche, era la primera.

LA PRIMERA NOCHE

Mientras Manolo, Isidro y yo preparábamos la cena, el acordeón de Toño nos daba alegría y ánimos. Los cánticos de Gelo y Pedro, hacían el resto. Eso sí, la bota continuaba corriendo.

La cena era espléndida. Había que reponer fuerzas porque, parece que no pero, el trabajo de “montaje” de tiendas y acarreo de material, desgastaba bastante.

Toño, continuaba con el acordeón. Charuto y Pedro cortaban la leña y hacían la hoguera que, había que meter unas patatas para asar y “alumbrarse” con el orujo en todos los sentidos. Por cierto, también hacíamos el café de puchero al que metíamos un palo de la hoguera para dar más sabor. Eso sí, al final de la cocción algunos,también se “cocían”.

En otro recipiente, Pedro, preparaba la “queimada” donde no faltaba, además del líquido elemento, el limón, azúcar y los granos de café. Menudas queimadas no metíamos para el cuerpo como postre. Algunos, acabábamos a “gatas” para ir a la tienda a dormir.

Comer, beber, cantar, reír…disfrutar, era lo que hacíamos la primera noche. Por cierto, nuestros cánticos “celestiales” retumbaban en la noche sobre la roca donde se asentaba el campamento, enviando nuestras voces por el aire como si de ondas “herzianas” se tratase, a muchos metros a la redonda, vamos que nuestra alegría musical, en forma de orgía sana, llegaba a todos los rincones de aquella zona del pantano como si de una radio se tratase. Bueno, tan lejos no pero, sí al camping que existía próximo a nosotros y a Mirantes de Luna, donde muchas familias pertenecientes al Club Náutico, pasaban días de asueto, también.

Incluso, alguna noche bajaban campistas y nos acompañaron.

AL DÍA SIGUIENTE DESAYUNO, PESCA Y CALDERETA

Con la llegada de las primeras luces del día y el sol en todo lo alto, había que levantarse. Los trinos de los pajarillos, el sonido de los grillos o el discurrir del agua del arroyo creaban una sinfonía única que, pese a los “efluvios” nocturnos, nos hacían levantarnos con alegría, aunque con pesar en el cuerpo y el estómago.

Había que preparar el desayuno y de ello se encargaban Manolo e Isidro, con la ayuda de alguno de nosotros.

Mientras uno cortaba el beicon, otro freía los huevos. Toño, Pedro y yo, hacíamos el resto, cortar la hogaza de pan, poner los platos, calentar la leche…Charuto, era el último en estirar músculos, aunque el primero en fumar.

Tras el opíparo desayuno y pensar en lo que había que preparar para comer, se confeccionaba la ruta del día.

Había que bajar a pescar.

Con todos los artilugios de pesca: cañas, carretes, hilos, moscas, cucharillas…aún faltaba el cebo natural que cogíamos escarbando en la orilla del riachuelo o en las proximidades del pantano.

Truchas pocas, escallos y cachos, junto con alguna boga, abundaban. Como la pesca era “sin muerte”, devolvíamos los peces otra vez al agua, salvo si salía alguna buena trucha que, alguna salió.

Hacía calor y sobraba hasta la camiseta que todos nos quitamos la indumentaria superior, sin protección. Vamos, “nos freímos”. Después por la noche, a sufrir. Como calmante, lociones de mantequilla para hidratar la piel. Sinceramente, nos vino muy bien la mantequilla.

Antes de subir al campamento, nos acercamos al Club Náutico para tomar algo en el bar. Allí dialogamos y disfrutamos de unas cervezas frescas.

De vuelta al campamento, mientras unos pelábamos patatas, otros hacían el fuego y Manolo, preparaba el recipiente “heredado de los pastores” para hacer una CALDERETA, con mayúsculas, al estilo de los pastores de Luna. Toda la familia de Manolo era natural de Mirantes de Luna, localidad hoy prácticamente abandonada de la que sólo quedan dos casas en pie en lo que al pueblo antiguo se refiere.

A medida que Manolo removía con cuchara de palo la caldereta, el ambiente se impregnaba de un olor único, delicioso y que “alimentaba”.

La cocción, al fuego de leña de la montaña, era lenta, lenta…y el batería de HALLEY, así nos lo explicaba.

Como la caldereta se hacía esperar, Pedro e Isidro comenzaron a cortar jamón y chorizo, haciendo correr la bota sin que se desperdiciara una gota de vino. Estaba delicioso el vino en la bota. No era para menos, teníamos las botellas metidas en el riachuelo y tenían una temperatura idónea para tomar en plena verano, sin que nos hiciese daño…jajaja.

Dimos buena cuenta del embutido, incluido el cocinero, y cuando nos pusimos a comer eran más de la cuatro de la tarde. Prisa no teníamos.

Dimos buena cuenta de la caldereta de Manolo a la que todos le dimos UN DIEZ. Estaba deliciosa.

Melón unos,  sandía otros pero, el café se estaba haciendo y el orujo no podía faltar.

Preparamos las mesas metiéndolas en un agujero que abrimos entre los avellanos y, al cobijo de los árboles, con sombra idílica y el sonido del agua del riachuelo, llegó la partida de mus. Como siempre reñida y discutida. Toño, hacía de árbitro y Manolo, Isidro, Pedro, Charuto y yo, nos jugábamos los puestos. Al final era lo de menos porque de lo que se trataba era de pasar el rato.

El sopor del vino, el orujo y la gran “panzada de comida”, hizo que quien más, quien menos se pusiera en los brazos de Morfeo. Una delicia, aunque los ronquidos llegarían hasta el camping, por lo menos. Era la manera de evitar alimañas molestas, ¿no?

La tarde, la dedicamos a pasear sin correr mucho para no cansarnos para la “tarea nocturna”, así que fuimos, otra vez, al Club Náutico de Mirantes que nos quedaba al lado. Allí saludamos a amigos, entre otros al presidente, RAFA RAMÓN, un compañero de Radio Popular de León que ahora estará en “el cielo” leyendo esto, seguro, y acordándose de nosotros.

De vuelta al campamento y tras la cena a base de embutido, lomo, jamón, cecina, queso, chorizo, salchichón…y la madre del cordero, llegó el momento de realizar, a la luz de la luna y de la hoguera, la GRAN QUEIMADA.

Toño, sacó el acordeón, Pedro, la guitarra a medias con Isidro. Coro de voces, palmas y cachondeo: Charuto y Carmona. A la batería, Manolo.

Y nos dieron las nueves, y las diez, las once y las doce, la una y las dos y…”desnudos al amanecer fuimos a gatas por la pradera”.

Fin del primer capítulo.

EL SEGUNDO DÍA MÁS O MENOS IGUAL

Sin entrar en los pormenores, el despertar fue peor que el día anterior. El desayuno parecido pero, Gelo no se metía en el agua porque estando tan fría, tenía miedo a que le diese un mal, aunque disimulaba que había muchos bichos.

Había que hacer algo de ejercicio después de visitar “roca” en plena montaña.

La ruta del día era ir a MIRANTES DE LUNA, el pueblo de donde descendía Manolo y al que todo el mundo asocia al Club Náutico que le da vida.

El paisaje es precioso pero lo había ni una casa en pie, al menos en la zona principal del pueblo, si antes de subir.

Allí estaba para saludarnos el tejo junto a lo que quedaba de la iglesia. Llegaron los recuerdos y Manolo como buen “Cicerone” nos mostraba el lugar de la casa de sus ancestros. Bueno, las piedras.

Sin ser “sueños”, los recuerdos se hicieron presentes, “allí jugaba yo con mis amigos y mis primos”. “Allá arriba subíamos con el ganado”. “Por aquella zona escondíamos tesoros…y a la luz de la luna, allí le di el primer beso a una amiga”. Los recuerdos se sucedían como las fotos que nos hacíamos. Una gran jornada.

El resto, más o menos como el día anterior. De bajada visitar el Club Náutico, llegar al campamento, preparar la comida, comer, jugar la partida, dormir la siesta y…al despertar, unos se quedaban y otros, Manolo, Isidro y yo, bajábamos al pantano a pescar.

De vuelta, a preparar la cena y “a correr la bota de vino”. Más leña al fuego, patatas y chorizos envueltos en papel de periódico y papel de aluminio, para que no se quemasen y, tras comernos las viandas, más queimada.

¡¡¡Qué vida más chunga…!!!

DE VUELTA A CASA

Era el peor despertar, el del domingo. Había que recoger todo y, después de comer, marchar para León.

Las caras denotaban cansancio y pesadumbre a la vez.

Desayunamos como siempre: huevos fritos, bacon y chorizo con el pan de hogaza, más el café con leche, algunos, porque otros hacían el desayuno con la bota cerca.

Con el estómago repleto, teníamos que recoger el campamento, desmontando las tiendas, doblándolas, colocando varillas, vientos y piquetas, sacudiendo mantas y sacos de dormir…

No daba tiempo para más así que no preparábamos comida porque todo había que recogerlo y llevarlo hacia los coches. Sólo dejábamos las mesas y las sillas sin recoger.

Con el desayuno abundante y tardío, sólo quedaba tiempo para el relax y el recuerdo antes de coger los coches para bajar hasta la capital del antiguo reino.

Era el momento de la nostalgia, de visualizar “in mente” a esposas e hijos” a los que no veíamos desde hacía tres días, a los amigos, recordar el trabajo al que teníamos que acudir al día siguiente, salvo quien estuviese de vacaciones y de preguntarnos si volveríamos al año siguiente.

Curiosamente, no volvimos más. ¿Saben por qué?

Fue el año de un tremendo incendio en el que murieron algunos bomberos y el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, entre otras medidas, prohibió la ACAMPADA LIBRE.

Así, de ésta manera se terminaron nuestras aventuras de acampada en el Pantano de Luna, donde la pesca, que el primer año era lo más importante, se fue arrinconando hasta olvidar, al igual que al mundanal ruido, el trabajo rutinario y, en plena naturaleza, disfrutar de tres días inolvidables en buena compañía de amigos y dónde la amistad imperaba sobre todo lo demás.

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Un comentario

  1. Venancio Alvarez López

    29 marzo, 2018 en 7:41 pm

    Que bonito y que recuerdos lo que has escrito Eduardo, que pandilla mas maravillosa, conozco ese lugar, mas de una vez pase allí varios domingos, hasta antes de hacer el Camping.
    Que pena que hallan pasado estos años, y ahora ya no estamos para dormir a la intemperie en una tienda.
    Ya veo a Pedro en realidad caras conocidas.