En los ríos Argoza y Nansa


Con razón “Cantabria es infinita…” y para perderse como en La
Babia leonesa

Dos jornadas de pesca en parajes hermosos repletos de vida y
naturaleza, con aguas abundantes y praderas de verde hierba, pasto de la raza
Tudanca

Poca pesca porque los ríos no bajaban en condiciones pero, el
encanto de Ruente, Bárcena Mayor y Carmona colmaron nuestros deseos

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Texto: Eduardo García Carmona. Fotos:
E.G. Carmona y J. Carlos Méndez       
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Si estar en Babia es como “ganar la
gloria” evadiendo la mente y cansando el músculo, el entrar en el Valle de
Cabuérniga y besar el Parque Natural Saja-Besaya es algo similar, cuanto menos.

Hacía tiempo que PesCarmona estaba
invitado a tener una incursión de pesca en tierras cántabras pero no encontraba
la oportunidad pese a las invitaciones de mi estimado Francisco J. Herrero
Mendiondo

“Zapa”, como así le gusta que le conozcan, que incluso nos ha acogido
en su hogar a mi compañero de aventura, el leonés, Juan Carlos Méndez, buen
pescador y montador de moscas para la pesca, y a mí.


Al tiempo climatológico con lluvias
que hizo que los ríos creciesen rápidamente, hubo que unir otros inconvenientes
pero, son historias de “otro costal” que no vienen a cuento de la experiencia
vivida.

PRIMERA JORNADA DE PESCA EN BÁRCENA
MAYOR

El centro de operaciones estaba en la
localidad de Ampuero, famosa por muchas cosas pero, para los pescadores,
recordada siempre con mucho cariño porque allí nació el Master de Campeones de
pesca a orillas del río Asón, con el Vallino atravesando la localidad.

Aunque la distancia desde Ampuero a
Bárcena Mayor era considerable, lo importante para estar con nuestro amigo,
Zapa, y disfrutar de su amistad, aunque no pudiese acompañarnos a pescar.


Una vez llegados  Cabezón de la Sal, el asfalto de la autovía
se convierte en verdor de praderías y cánticos de agua con una vida natural
envidiable.

Desde Cabezón de la Sal nos dirigimos
hasta Ruente, donde nos esperaba otro pescador amigo y montador de moscas
realistas, Miguel Á. Sánchez Urbistondo, con raíces en toda

la zona. Miguel,
hizo de  “cicerone” explicándonos dónde
teníamos que ir y dónde pescar. El cómo hacerlo, dependería de nosotros.

Antes, y después de tomarnos un  café en Ruente, Miguel quiso mostrar todo el
encanto de su pueblo, del que se muestra muy orgulloso, aunque viva en Cabezón
de la Sal.

LA FUENTONA DE RUENTE

Primero nos mostró el río La
Fuentona, que nace de la montaña allí ubicada, como si por “arte de magia”
manase en cantidades industriales. De una cueva brotaba tal cantidad de agua
que unida a los chorros de una docena de fuentes en la pared de al lado, forman
un río de caudal increíble, con historias y “anjanas”, especies de brujas, que
hacen que La Fuentona se seque cada 20 o 30 años, un hecho casi inexplicable
porque vuelve a brotar el agua al poco tiempo, aunque el curso del río se queda
sin agua. Esas Anjanas, eran mujeres hermosas que hacían el bien pero, un día
desaparecieron las benefactoras sin saber el por qué y fue cuando el río, cada
un cierto periodo de tiempo se seca dejando a las truchas sin protección.

El ayuntamiento de Ruente ha sabido
realizar obras de acondicionamiento en la zona que han convertido el nacimiento
de La Fuentona y sus primeros pasos atravesando la localidad hasta un puente
pintoresco, en zona de privilegio, de asueto y paseo.


Se trata de un parque en el que se
pueden ver la cantidad de truchas que viven en las aguas de este río
“misterioso”, VEDADO PARA LA PESCA, aunque por desgracia, pocos metros más
abajo del pueblo, una mini central hidroeléctrica, estropee el encanto antes de
posar sus aguas La Fuentona, en el río Saja. Por cierto, me cuentan que cuando
cortan el agua en la central, “el negocio de la producción de energía, se
convierte en negocio de pescado”. Una pena. Algo debería hacer el Gobierno de
Cantabria para solucionar que el vedado y todas las truchas que se descuelgan
hasta allí, no lleguen al río Saja.

Trucha enorme del vedado de La Fuentona en Ruente.


HACIA BÁRCENA MAYOR

Nos despedimos a Miguel y tomamos
camino hacía nuestro destino de pesca, Bárcena Mayor y el río Argoza. Había que
llegar hasta el puente de La Mailla, atravesarlo y dejar el coche  la otra orilla. Así lo hicimos después de
atravesar

localidades como Barcenillas, Sopeña, Valle Cabuérniga, Terán,
Selores, Renedo y Fresneda para luego tomar otra carretera, a mano izquierda,
en dirección a Correpoco (vaya un nombrecito), adentrándonos en el Parque
Natural Saja-Besaya, no sin antes dejar

atrás arroyos y ríos que dan verdor a
las inmensas praderas donde pastan las vacas Tudancas, típicas de Cantabria y esta
zona.


Desde el puente La Mailla, observamos
el río Argoza y comprobamos que no bajaba en condiciones para la pesca. El agua
era abundante y estaba tomada a causa de las lluvias del día anterior. El día,
por el contrario, acompañaba con buen sol.

Juan Carlos y yo nos dispusimos a
pescar a ninfa comprobando el estado de río pero, la situación no era idónea.
Nos costó trabajo encontrar una zona de acceso para poder bajar hasta el curso.
Todo se encuentra delimitado con alambres de espino y otros cierres, aprovechando
todo el terreno

y sin dejar los 2 o 3 metros obligatorios hasta el curso
fluvial como manda la ley. Por si fuese poco, no había ni entradas, por lo que
tuvimos que camino hasta encontrar una en plena carretera hacia Bárcena Mayor
y, tras atravesar una inmensa pradera, bajar al río.


El curso del río Argoza tiene
inmensos cantos rodados y planchas que entre lo crecido del río y lo
resbaladizo de las piedras nos hicieron pensar el exponer par pescar.

Juan Carlos, más joven, jugándose el
tipo, hizo lances comprometidos demostrando su habilidad can la caña y sus
ninfas, clavando algún ejemplar de pequeñas dimensiones pero grandes, muy
grandes de hermosura.

Toda una jornada de pesca para sacar
tres ejemplares es muy poco bagaje y eso él, porque yo, ni siquiera las sentí.
Lo cierto es que desistí muy pronto, dedicándome a realizar fotografías.

Con la llegada de Zapa y Urbistondo,
acudimos hasta “el pueblo más bonito de España”, o por lo menos, entre los más
bonitos: BÁRCENA MAYOR. Allí parece que se paró el tiempo cuando lo observas
desde el camino o carretera, que por cierto finaliza allí a los pies de la
ermita del Carmen. Para visitar el pueblo, con caserones de piedra bien
conservados y

casas solariegas de relumbrón, hay que dejar el coche en un aparcamiento
fuera de la localidad. Sólo pueden transitar por el él con vehículos los
lugareños de Bárcena, que son muy pocos. No es de extrañar que esta manera se
conserve tan hermoso el pueblo.


Como Zapa conoce a todo “el mundo” en
Cantabria, saludamos a Roberto “el artista”, un personaje muy singular que es
músico y siempre viste en su cabeza un sombrero. Compartimos unos vinos en la
barra del

Bar Restaurante La Jontana, que regentan Óscar y Yuli, pareja a la
que se lo ha alquilado Roberto, su propietario, y después nos dispusimos a
comer comida casera.

Excelentes viandas de Cantabria, con unas chuletas de
jabalí de remate que estaban exquisitas, así como los postres caseros.

Visitamos el pueblo y lo
fotografiamos para ustedes y

volvimos para nuestro destino, Ampuero, aunque
Juan Carlos quería volver a probar suerte. Había que tener ganas.


SEGUNDA JORNADA DE PESCA EN EL RÍO
NANSA CON CARMONA POR MEDIO

Nuestras esperanzas estaban puestas
en coto de Rozadio, en el río Nansa porque los ríos, después de una jornada sin
lluvia podrían haber mejorado mucho pero según llegamos a Valle de Cabuérniga y
tomamos, a mano derecha,  la carretera
hacia la Collada de Carmona, comprobamos que la niebla e hizo compañera de

viaje y, por si fuese poco, con lluvia “meona” o “chirimiri” como dicen en
Cantabria. Niebla que no soltamos hasta bajar la collada y llegar a la
localidad de CARMONA, aunque el orbayu continuó mojándolo todo.


Carmona es un  pueblecito hermoso, como la mayoría de los
pueblos de este valle y los “carmuniegos”, como así les llaman, personas muy
particulares en costumbres e incluso habla. Dicen que son “distintos” al resto
de los cántabros. A nosotros nos trataron

muy bien, dándonos explicaciones de lo
que tenía la localidad, además de hermosos caserones, el río que le atraviesa,
La Venta de Carmona, la iglesia, el monumento a la

vaca Tudanca y hasta pudimos
conversar con un artesano del pueblo que se encontraba haciendo cucharas,
paletas y tenedores de madera de


cerezo. El paisano estaba haciendo “garabuja”,
que en el lenguaje carmoniego son los utensilios de madera.


Por lo habitantes que conocimos y nos
atendieron supimos que el río que atraviesa Carmona era un gran río truchero
pero hace tiempo que ha dejado de serlo por los envenenamientos veraniegos y el
furtivismo. Otro toque que se merece el Servicio de Caza y Pesca del Gobierno
de Cantabria.





CAMINO DE ROZADÍO

Dejamos “mi pueblo”, que mi hizo
mucha ilusión conocer y nos dirigimos hasta Puentenansa par allí coger la carreta
de la izquierda que nos llevaría hasta Cosío y Rozadio para pescar el coto del
río Nansa, con el mismo nombre de la localidad.

Pese a las explicaciones de Miguel
Urbistondo, el día anterior, llegados a esta localidad no supimos dirigirnos al

lugar indicado. Atravesamos por debajo de los tubos enormes de la central
hidroeléctrica del Nansa y cruzamos un puente romano estrecho, por donde casi
no cogía el coche y donde casi dejamos lo bajos al llegar a

la parte más alta
del mismo. Continuamos por un camino rural de tierra buscando otra zona del río
donde atraviesan unos tubos de conducción de agua. Como no encontrábamos los
tubos, Juan Carlos y yo, con bastante dificultad por lo resbaladizo del
terreno, aparcamos el coche, no sin patinar en el barro.


Otra vez pudimos comprobar lo de los
cierres de los terrenos, dejando inutilizados los pasos al pescador. Una
vergüenza que no debe consentir el Gobierno de Cantabria que para eso cobran un
dinero por los permisos y las licencias. Por lo menos deberían dejar expeditas
las entradas al pescador y no tener que jugarse “las botas” con las alambreras
de espino.

El río Nansa bajaba muy bravo y con
abundante caudal y después de intentar pescar durante más de media hora, sin
tocar ni un pez. Decimos salir al camino porque vadeando el río era imposible
por la bravura del agua, las dificultades de los pozos existentes y lo
resbaladizo de las rocas y piedras del curso.


Una vez en el camino buscando otra
entrada hacia el río, vimos un todo terreno y lo paramos para pedirle
información. Lo primero que nos dijo es que para llegar al coto, todavía
faltaba, más o menos, un kilómetro. Según el lugareño, lo mejor era dejar el
coche donde lo teníamos porque más arriba sería peor.

Tras caminar esos mil metros, más o
menos, llegamos al coto y pudimos comprobar que el inicio estaba donde nos
había indicado Urbistondo, donde los tubos del agua.

La zona estaba más abierta que donde
habíamos pescado hasta ese momento, por lo que nos dispusimos a pescar,

Juan
Carlos a ninfa y yo a mosca. El subió río arriba buscando tiradas para la
ninfa, mientras yo me quedaba casi al principio (que es el final del coto),
donde los tubos, en la única tabla algo parada para poder pescar a mosca. Allí
trabé la primera trucha del río Nansa pero, con tan mala fortuna, que se
escapó. La había visto cebarse y la engañé pero no tomó demasiado bien el
engaño. 


Así y todo me ilusioné porque era la primera cebada vista y el “pardón”
continuaba pululando por el río. La segunda cebada no tardó en llegar unos
metros más arriba. La volví a

engañar con el pardón que me habíadado Juan
Carlos y, estaba vez, llegó a la mano, dejándose fotografiar.


Después vinieron otras dos más, así
como alguna más pinchada pero nada más por lo que viendo la hora que era, más
de las tres de la tarde, decidí salir al camino y buscar a mi compañero.

Caminé unos trescientos metros y cada
poco silbaba, intentando localizarle hasta que llegó el momento. Bajé hacia la
zona donde se encontraba Juan Carlos y le encuentro pescando a seca. Delante de
mí sacó una pequeña que se estaba cebando en la misma orilla por donde entraba
yo y me coloqué a su lado viendo como pescaba. Manejaba la caña de 10 pies con
la que había pescado a ninfa, como un maestro, con posadas de la mosca,
perfectas. Así pinchó otra sin poder sacarla.

Le pregunté qué tal se le había dado
a ninfa y me dijo que había sacado 7 u 8 a la mano. Como todavía tenía ansias
de pesca, Juan Carlos subió a otra tabla por encima de aquella donde le había
encontrado y le dije que le esperaba allí pero que o tardase.

El pardón continuaba siendo el único
insecto pululando. Decidí esperar  ver
alguna cebada y no pescar al agua. Localizo una cebada y le pongo la mosca unos
metros por encima y…¡zas! La trucha que sube a comer. La pincho y enseguida se destraba.
Era un buen ejemplar, quizás la mejor de toda la jornada. Insistí en la zona
con otros lances al agua pero levanté nada más. Cuando me

disponía a salir al
sendero llegó Juan Carlos y tras comprobar que el asunto no daba para más,
plegamos cañas y bajamos hacia donde teníamos el coche. Nos quedaba un buen
trecho.


Por el camino hablando, nos acordamos
de Zapa y Miguel, de la mala fortuna de haber elegido un fin de semana
complicado para pescar pero, la satisfacción por haber estado en contacto con la
naturaleza y compartir casa, mesa y mantel haciéndole compañía a nuestro
anfitrión, en un momento complicado, ha sido más que suficiente. Para volver a
Cantabria y disfrutar, restan muchas jornadas de pesca y amistad.

Sólo nos restaba salir de Rozadío y encontrar
un sitio donde poder comer los dos. Paramos en Puentenansa, en el único
Restaurante que hay a pie de carretera, donde el cruce que va a La Hermida y
preguntamos. La negada fue la respuesta, eran las 16,35 horas y los paisanos
del lugar se encontraban jugando la partida al mus.
Cuando ya creíamos que no comeríamos
allí, apareció en la barra la esposa del camarero, que nos había escuchado, y
dijo que como mucho nos haría unos huevos fritos con chorizo. Así fue.

Comimos y tomamos café. Nos supo a
“gloria” y cogimos carretera adelante hacia Cabezón de la Sal y después autovía
hasta Gijón. Juan Carlos, que había dejado su coche en mi aparcamiento, todavía
tenía ruta hasta León.
Dos excelentes días de amistad,
naturaleza y poca pesca por las condiciones climatológicas pero, una gran
satisfacción por haber visto a

los amigos y conocer una parte de España,
Cantabria, en una zona para mí desconocida y de la que tenía muy buenas
referencias, referencias que se quedaron cortas cuando pude palpar “in situ”,
lo maravilloso que es la montaña de Cabuérniga y el Parque Natural
Saja-Besaya…¡¡¡una maravilla natural…!!!


Me ha impresionado el paisaje y sus
gentes pero sobre todo, la belleza de Bárcena Mayor, último pueblo de la
carretera en el Parque Natural, reducto de vida y costumbrismo y donde el
tiempo se ha parado para conservar su belleza, aunque la civilización continúe
su camino.

Y, que puedo decir de “mi pueblo”,
CARMONA. Me ha encantado conocer que existe, al igual que el de Sevilla donde
nací, y que sus gentes provienen de tierras andaluzas, o las del

Carmona
andaluz, de Cantabria, que todavía no se sabe.

Me quedo con la amabilidad de sus
gentes, el paisaje y el paisanaje, la pesca, tendré nuevas oportunidades,
espero.
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