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9 agosto, 2020

Del Castillo a Tolibia, pasando por Felechas…

Pesca, amistad y “miedo al mirar al cielo”

Tres jornadas diferentes para enmarcar y una foto con un triplete para recordar

Menos pesca de la esperada, ríos bajos y tormentas estremecedoras

Y amistad a raudales en un encuentro de amigos

Fotos y texto: Eduardo García Carmona

No es necesario estar inspirado para escribir de jornadas de pesca en tierras leonesas pero, sí tener algo de fortuna con el día elegido para pescar algunos de los mejores cotos de la provincia porque, en verano y en la montaña, las tormentas pueden ser de las que dejan “marcas”.

Del sorteo normal de cotos, a mi cuadrilla y a mí sólo nos restaban los tres últimos de la serie: El Castillo, Tolibia y El Condado I. Los dos primeros los teníamos elegidos para pescarlos hace unos días. El tercero, lo dejamos para el mes de Setiembre.

Así las cosas, los “tres de Asturias”, Benito Lozano, Beni Sánchez y yo, nos juntamos con el cuarto pescador en León, concretamente a la entrada de La Magdalena, una vez abandonas la autopista. Allí, en el Bar Restaurante Santa Lucía, con Carlos y su hija como anfitriones, nos tomamos el café matinal junto con José Luis y, poco después,  los cuatro cogimos dirección hacia las Omañas.

Destino final, El Castillo.

Deportes La Picada
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HOTEL EL PASO HONROSO
Cucharillas Edu

POBRE JORNADA EN EL CASTILLO

Al igual que hemos pescado otros escenarios en la provincia leonesa, tras el confinamiento y, muy bien, otros “nos han salido ranas”.

Las ilusiones eran muchas para pescar en El Castillo pero lo resultados no fueron los esperados.

El río discurría con aguas claras y frescas y, aunque un poco cortas, eran lo suficientes para disfrutar de una buena jornada de pesca, a poco que las pintonas quisieran entrar.

Antes de comenzar la “ceremonia del pescador” y ponernos “el traje de pescadores”, nos fuimos hasta el Bar de Los Hermanos Prieto y, como siempre, Maricruz, nos atendió espléndidamente. Le encargamos la comida para las 16 horas y nos dio a conocer los platos del menú.

En la explanada de El Castillo, junto al área recreativa, dejamos los coches a la sombra de cerezo que allí existe.

José, el guarda forestal de la Junta, encargado del coto, nos hizo la visita pertinente y, tras tomar nota de los permisos, dialogar sobre pesca y otras cosas entorno a ella. Apareció Paulino, el guarda jubilado de El Castillo que todos conocemos. Además de sordo, porque está como una “tapia”, se encuentra como un chaval. Siempre de visita en visita, de iglesia en iglesia donde, como los más pillos monaguillos, prueba los caldos de “los dioses” que le conservan como una estrella de cine y, eso que tiene más de 90 años. Nos hicimos la foto y nos fuimos a pescar.

La jornada era de mucho calor y la previsión anunciaba tormenta por la tarde. Había que aprovechar la mañana.

José Luis y yo, lo intentamos en la parte baja, casi desde Guisatecha hasta El Castillo aunque el guarda nos había adelantado que desde primera hora, otro pescador zamorano, había pescado a cucharilla.

Nada más atajar desde la carretera hasta el río por “una selva” de hierbas y maleza, nos dispusimos a pescar a la leonesa.

Mientras “el hombre pegado a su móvil” atendía la primera llamada telefónica de las muchas que recibió en toda la mañana, sinceramente, no me explico cómo puede ir a pescar con el móvil en el vadeador porque no le dejan en paz. Pues bien, mientras el atendía la primera llamada telefónica, metido que me encontraba ya en el agua veo la primera cebada en el cabecero de una tabla preciosa. Conseguí presentarle mis cuatro moscas a un metro y medio por encima, más o menos, y la pintona entró como un relámpago hacia mi “carmonina”. Lucho con bravura hasta que llegó a mi sacadera. Era un ejemplar de unos 30 cms. después, poca cosa más a no ser otra de tamaño parecido que quiso tomar la infalible de Granizo. Las dos únicas de tamaño para toda una jornada. Eso sí, pequeñas muchas, muchas y casi todas “gemelas” y con unas libreas preciosas, como las del Omaña.

Mi compañero, se tuvo que conformar con las pequeñas también y centrarse en el teléfono. Qué dolor.

Beni, se quedó en la parte cómoda del El Castillo, por aquello de la movilidad reducida y Benito Lozano, en la parte alta, hasta las Cuadras de Manolo.

El primero, nada de nada, salvo las pequeñas. El segundo, dos buenos ejemplares y como los demás pequeñas a montones.

Con esto, decidimos tomar un piscolabis y hacer tiempo para comer.

Buen menú, mejor trato y mejor precio bajo las atenciones de Maricruz y despedida y cierre hasta el año próximo al coto de El Castillo con más “pena que gloria” pero disfrutando. La tormenta, aunque parecía se estaba formando, no la padecimos porque nos fuimos antes.

HASTA FELECHAS, EN LA MONTAÑA DE BOÑAR

Mientras Benito Lozano volvía para Asturias, Beni, José Luis y yo nos dirigimos hasta la montaña de Boñar, cruzando del valle de Omaña, al de Luna, Bernesga, Torío, Curueño y Porma. Casi nada.

En Felechas, localidad enclavada en las faldas de la montaña de la zona, nos esperaba Luis Alberto “Chingli” quien, una vez más nos invitó a pasar allí la noche y la jornada del día siguiente, sábado, donde recibiríamos a un grupo de doce amigos más para celebrar en su casa del pueblo una comida tradicional donde cada uno aporta algo, además de la amistad. De esta forma no volvíamos para Asturias ya que el domingo deberíamos pescar el coto de Tolibia.

La climatología acompañó y la jornada de amistad fue un éxito.

Llegaron poco a poco, los dos bercianos, los de Oteruelo de La Valdoncina y otros lugares de León, además de “un inglés-leonés”.

Según iban llegando corrían las botellas de sidra y buen vino de El Bierzo, con tapas que Chingli nos iba sacando de la cocina donde nos preparó, también una liebre con patatas sensacionales. José Luis, llevó cangrejos de río y caracoles ya preparados. Eso para la comida principal pero es que no paramos de comer y beber desde las doce la mañana hasta la comida que comenzó sobre las 15,30 horas. Desfilaron embutidos, queso de La Peral y de otros tipos, embutido, lengua…

La jornada fue órdago y terminó, como siempre, con varias partidas de mus y “los achitiflus” qu nos preparaba Chingli. Demasiado.

Una gran jornada de amistad gastronómica y disfrute en grado sumo.

Muchas gracias, como siempre, amigos.

LAS TORMENTAS DE TOLIBIA

El domingo, antes de marchar para Asturias, teníamos los cuatro pescadores el coto de Tolibia, en aguas del maravilloso río Curueño. Las expectativas eran máximas.

Madrugamos para pescar el sereno de la mañana y a las ocho de la mañana, más o menos, estábamos en La Venta de El Aldeano, donde en su explanada dejamos los coches y ya vimos subir al coche de la guardería.

Nos preparamos y nos dispusimos a pescar como siempre, dividiendo el río en partes, dejando la más cómoda de pescar a Beni.

El río Curueño bajaba cortito de agua pero, pescable. Eso nada más mirar cuando llegamos. Una vez que nos vestimos de “guerreros” y salimos al río, se nos bajó la moral a los pies. El río comenzó a tomarse hasta dejarnos “el chocolate” con “mala leche”.

¿Qué hacemos?

Espera y espera mientras observábamos. Cuatro horas perdidas y, a eso de las 12 horas y algunos minutos, pudimos comprobar que el río estaba aclarando lo suficiente para meternos a pescar.

No estaban las truchas por la labor de entrar a nuestros señuelos, algo normal tras pasar de un “estado a otro”. Bastante tenían las pintonas de “aclararse ellas” porque, después de la tormenta que debió caer sobre las cinco de la mañana, según la guardería, el arrastre de sedimentación y maleza en forma de hojas y demás, no daba pAra mucho más.

Sobre las 13 horas las cosas cambiaron y las pintonas comenzaron a dejarse ver pero, parecía “una romería de truchas pequeñas”. ¿Dónde estaban las mayores?

Las mayores estaban en el puente y la tablona profunda, que ya conocían y pescaban los romanos,  que existe antes y después, zona elegida por Benito Lozano y que supo aprovechar con las mejores capturas.

Méndez y yo nos quedamos del puente hacia abajo y pescando desde casi La Venta hasta el puente, al final, tampoco lo hicimos tan mal consiguiendo alguna, pocas buenas capturas, y muchas pequeñas. José Luis Méndez llegó a hacer TRIPLETES de truchas entre 18 y 20 centímetros, que lucharon tanto que casi le rompen el hilo…jajaja.

Ocurrió lo que suele ocurrir que las grandes se soltaban y no es de extrañar porque nuestras moscas son sin muerte y, aunque no se suelen soltar todas, las grandes que luchan mucho más hasta llegar a la sacadera, se suelen desprender. No se trata del tópico de siempre de que “sólo se sueltan las grandes”, ni tópico, ni leches porque fue una realidad. En un momento que salí al puente, pude ver a mi compañero José Luis trabar una dos y hasta tres buenos ejemplares. No consiguió llevar una al salabre y la que parecía que iba a entrar se le desprendió en el último instante.

Había subido de la tabla anterior al puente porque LA TORMENTA estaba casi encima de nosotros y todavía no eran ni las dos de la tarde (14 horas).

Apresuré a José Luis porque la tormenta nos podía pillar bajando hacia los coches. A punto estuve de dejarle allí porque, como le estaban picando las grandes, no me hacía caso.

Por la carretera medio corriendo, a unos 100 metros de La Venta, nos pillaron las primeras gotas. Eran “gotones” y después, granizo. Los relámpagos y los truenos nos pusieron “los congojos” a flor de piel y desde el coche comprobamos el poderío de cornetas y tambores resonando e iluminando la montaña de Tolibia. Un tormentón.

No pudimos salir del coche en una hora aproximadamente y, aunque teníamos la comida encargada para las 16 horas, una antes, nos sentamos en la mesa y comimos.

Quisimos pescar un rato más por la tarde pero “no estaba el horno para bollos” y aunque alguno probó fortuna, sólo fue por probar.

Nos fuimos a nuestros destinos: León y Asturias, con más pena que gloria pero alegres por haber estado juntos y disfrutando de la naturaleza hermosa de ésta montaña leonesa tan variada y variopinta como sus personajes.

Esperemos tener más fortuna con los cotos el año que viene.

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