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28 septiembre, 2020

Historias de pesca a “pie de agua” y en tienda de campaña…

Pantano de Luna y aquellos maravillosos recuerdos con…

Isidro, Manolo, Toño, Pedro, Gelo (Charuto) “el quinteto musical Halley” que sabían “dar la nota” en plena naturaleza

Caldereta de los pastores de Luna, patatas asadas al fuego, queimada y pesca

Fotos y texto: Eduardo García Carmona

El confinamiento nos ayuda a recordar y soñar. Quizás es que estamos en el momento de nuestra vida cuando más se sueña con el ayer aunque ese ayer no siempre ha sido mejor.
En esa nebulosa de añoranzas, en historias de pesca en Pescarmona quiero refrescarles una de la que ya les había contado pero, si vuelve a mi memoria será por algo. Sencillamente, porque fueron momentos inolvidables con personas que se dejaban querer.

Muchas veces he soñado en volver a pescar al Pantano de Luna como lo hicimos un grupo de amigos de León desde finales de los 90 hasta 2004. Han pasado años y parece que fue ayer. Son recuerdos en estos días con muchas “reflexiones de confinamiento”, que se alargan demasiado dando tiempo para estar con la familia, dedicar más horas a la lectura y rejuvenecer la memoria.
Eran jornadas en plena naturaleza en los montes de Mirantes de Luna (León), en tienda de campaña y con la compañía de buenos amigos.

Son historias de pesca a pie de pantano, el de Luna, que parece que no volverán porque estamos “metidos en años” y además está prohibida la acampada libre, aunque en nuestra memoria siempre quedarán aquellas jornadas realizadas durante varios años consecutivos.
Éramos más jóvenes, claro. Teníamos ganas de aventuras, también. Trabajábamos y mucho, cada uno en lo suyo y siempre, con el pluriempleo por medio. Casi no teníamos fechas disponibles para poder realizar “el fin de semana del año en el pantano”.

Inicialmente comenzaron las jornadas del pantano de Luna, Toño, Pedro, Gelo (Charuto), Isidro (Chumino) y Manolo, los cinco eran los componentes del grupo musical “HALLEY”, entonces. Unos procedían de Vª UNIÓN, otros de LOS PALADINES y JUAN CINCO ALMAS. El agregado era yo, amigo de todos. Nuestras esposas eran las más felices porque nos “perdían de vista” de jueves a domingo.

Todo lo preparábamos con mucho tiempo y dependiendo de las fechas ocupadas por el grupo musical en las fiestas de verano. Cuando se acercaba el día de partir, no dormíamos por la noche pensando si se nos olvidaba algo para llevar y por las ganas que teníamos de llegar.
Eran momentos de felicidad, las mejores vacaciones para unos “currantes” que necesitaban estar en contacto con la naturaleza y disfrutar de la amistad y, aunque el artículo lo publiqué hace unos tres años, con algunas correcciones, lo vuelco a publicar.

Urruzuno
Cucharillas Edu
HOTEL EL PASO HONROSO
Deportes La Picada

ACAMPADA AL LADO DEL RIACHUELO LOS MOLINES

Salíamos normalmente, Isidro, Pedro, Charuto y yo de León, un jueves. Manolo y Toño se incorporaban la noche del viernes después de cerrar el establecimiento que cada uno regentaba.
Tres tiendas de campaña y muchos víveres para pasar tres días. Quizás demasiados, “no vaya a ser que pasemos hambre y sed”, decía Pedro.
Sabiendo lo que sabía el “rizoso barbudo”, las cajas de vino abundaban. El orujo, lo llevábamos en un garrafón de 16 litros, por si acaso. Melones y sandías como para vender a pie de carretera. Carne de cordero, patatas en abundancia, huevos, panceta en piezas completas…No faltaba de nada porque el “frigorífico” era natural y nunca fallaba. Se trataba de un reguero de aguas limpias y cristalinas, frías como el hielo, que bajaba de la montaña de Luna. Allí, todo se conservaba gracias a la “madre naturaleza” que, sin lugar a dudas, es lo mejor. Lo peor del reguero era cuando nos lavábamos por las mañanas, o intentábamos ducharnos porque el agua era tan fría que nos “hacia agujeros en la cabeza”.
Antes de llegar al campamento base, los coches los dejábamos en un aparcamiento a pie de carretera, a unos 300 metros de Mirantes de Luna donde se encuentra el club náutico. Allí los dejábamos los tres días y medio de acampada.

Todo lo que había en los coches había que descargarlo y llevarlo al campamento. Para llegar, había que cruzar la carretera y desprender un tramo de la alambrada de espinos metálicos que cerraba la pradera por donde, junto al riachuelo Los Molines, atravesábamos la misma para llegar a una gran peña caliza donde se estrechaba el paso. Justo antes, en un tramo de pradera con abundantes avellanos al lado del riachuelo, acampábamos.
Con todo el material en la pradera, había que acondicionar la pradera donde colocaríamos las tiendas de campaña porque, además de alguna roca caída, siempre nos encontrábamos la maleza crecida pero, el machete “cubano” de cortar caña de azúcar de Pedro, hacía de maquinaria acondicionadora.
Asentados los suelos de las tiendas campaña, cada pareja montaba la suya. “Charuto” y yo, juntos por ser “los roncadores” y un poco separados del resto. Pedro y Toño, “pareja de hecho” y Manolo e Isidro “los manitas” juntos, casi tienda con tienda. La zona libre de la pradera quedaba para la “cocina” o sea, la hoguera acondicionada con las piedras retiradas anteriormente para que las chispas no llegasen hasta las tiendas con el aire, evitando así provocar un incendio. La otra cocina, la de gas, quedaba junto a las mesas de camping, en la zona de sombrío próxima al riachuelo.

Como normalmente acudíamos al pantano a finales de Julio o primeros de Agosto, los días de calor se sucedían en la montaña leonesa, aunque por la noche el “frio” se hacía notar. O sea, mantas y sacos de dormir nunca sobraban.
Instalados y con los “vientos” bien fijados para que la tienda no sufriese algún percance, había que ir preparando la cena. Antes, durante y después, la bota de vino se movía asiduamente. Era el momento de cortar jamón, chorizo, lomo, incluso, hacer unos huevos fritos porque la primera noche, era la primera.

Y LA BOTA DE VINO CORRÍA

Mientras Manolo, Isidro y yo preparábamos la cena, el acordeón de Toño nos daba alegría y ánimos. Los cánticos de Gelo y Pedro, hacían el resto. Eso sí, la bota continuaba corriendo.
La cena era espléndida. Había que reponer fuerzas porque parecía que no pero, el trabajo de “montaje” de tiendas y acarreo de material, desgastaba físicamente.
Toño, con el acordeón, amenizaba el trabajo del resto. Charuto y Pedro cortaban la leña y hacían la hoguera en la que había que meter unas patatas para asar y “alumbrarse” con el orujo, en todos los sentidos. Por cierto, también hacíamos el café de puchero al que metíamos un palo de la hoguera para dar más sabor. Pedro, era el encargado de preparar la “queimada” donde no faltaba, además del líquido elemento, el limón, azúcar y los granos de café. Menudas queimadas no metíamos para el cuerpo como postre. Algunos, acabábamos a “gatas” para ir a la tienda a dormir “la mona”.

Comer, beber, cantar, reír y disfrutar, era lo que hacíamos la primera noche. Por cierto, nuestros cánticos “celestiales” retumbaban en la noche sobre la roca. Cerca se asentaba un camping, al que llegaban nuestras voces por el aire como si de ondas “herzianas” se tratase. Vamos, que nuestra alegría musical en forma de orgía sana, llegaba a todos los rincones de aquella zona del pantano como si de una emisora de radio se tratase, incluso hasta Mirantes de Luna, donde muchas familias pertenecientes al Club Náutico, pasaban días de asueto veraniego, también.
Alguna noche bajaban campistas y nos acompañaban en los cánticos y la juerga.

DESAYUNO, PESCA Y CALDERETA

Con la llegada de las primeras luces del día y el sol en todo lo alto, había que levantarse. Los trinos de los pajarillos, el sonido de los grillos o el discurrir del agua del arroyo creaban una sinfonía única que, pese a los “efluvios” nocturnos, nos hacían levantarnos con alegría aunque con pesar en el cuerpo y el estómago.
Había que preparar al desayuno y de ello se encargaban Manolo e Isidro, con la ayuda de alguno de nosotros.
Mientras uno cortaba el beicon, otro freía los huevos. Toño, Pedro y yo, hacíamos el resto, cortar la hogaza de pan, poner los platos y calentar la leche. Gelo, era el último en estirar músculos, aunque el primero en fumar.
Tras el opíparo desayuno y pensar en lo que había que preparar para comer, se confeccionaba la ruta del día.

Había que bajar a pescar al pantano.
Con todos los artilugios de pesca a mano: cañas, carretes, hilos, moscas, cucharillas y aún faltaba el cebo natural, algo que cogíamos escarbando en la orilla del riachuelo Los Molines o en las proximidades del pantano, nos acercábamos a la zona de pesca elegida por Manolo.
Truchas había pocas, escallos, cachos junto con alguna boga, abundaban. La pesca era “sin muerte” y devolvíamos los peces otra vez al agua, salvo si salía alguna buena trucha que, alguna salió y de ellas dimos cuenta junto al beicon.

Hacía calor y sobraba hasta la camiseta. Todos nos quitamos la indumentaria superior y sin protección, negligentemente, nos pusimos a pescar. Vamos, “nos freímos”. Después, por la noche, tocaba sufrir. Como calmante, lociones de agua y mantequilla para hidratar la piel.
Antes de subir al campamento, nos acercamos al Club Náutico para tomar algo en el bar. Allí dialogamos y disfrutamos de unas cervezas frescas.

De vuelta al campamento, mientras unos pelábamos patatas, otros hacían el fuego y Manolo, preparaba el recipiente o caldero “heredado de los pastores” para hacer una CALDERETA, con mayúsculas, al estilo de los pastores de Luna. Toda la familia de Manolo era natural de Mirantes de Luna, localidad hoy prácticamente abandonada y de la que sólo quedan dos casas en pie del asentamiento o pueblo antiguo.

A medida que Manolo removía con la cuchara de palo la caldereta, el ambiente se impregnaba de un olor único, delicioso y que “alimentaba”.
La cocción, al fuego de leña de la montaña, era lenta, lenta y el batería del grupo musical HALLEY, así nos iba explicando.
Como la caldereta se hacía esperar, Pedro e Isidro comenzaron a cortar jamón y chorizo, haciendo correr la bota sin que se desperdiciara una gota del zumo de uva. Estaba delicioso el vino en bota. No era para menos, teníamos las botellas metidas en el riachuelo y a una temperatura idónea para tomarlo en pleno verano, sin que nos hiciese daño.
Dimos buena cuenta del embutido, incluido el cocinero y, cuando nos pusimos a comer la caldereta eran más de la cuatro de la tarde. Prisa no teníamos.
La caldereta del “fogonero” Manolo estaba de DIEZ, deliciosa.
Melón unos, sandía otros pero, también, el café que se estaba haciendo y el orujo que no podía faltar.

Preparamos las mesas metiéndolas en un agujero que abrimos entre los avellanos y, al cobijo de los árboles, con sombra idílica y con el sonido del agua del riachuelo de fondo, llegó la partida de mus. Como siempre reñida y discutida. Toño, hacía de árbitro y Manolo, Isidro, Pedro, Charuto y yo, nos jugábamos los puestos. Al final era lo de menos qué cuatro jugaban porque de lo que se trataba era de pasar el rato.
El sopor del vino, el orujo y la gran “panzada de comida”, hizo que quien más, quien menos, se pusiera en “brazos de Morfeo”. Una delicia, aunque los ronquidos debieron llegar hasta el camping, por lo menos. Era la manera de evitar alimañas merodeando, ¿no?

La tarde la dedicamos a pasear sin correr mucho para no cansarnos para la “tarea nocturna”. Nos acercamos, otra vez, al Club Náutico de Mirantes que nos quedaba cerca. Allí saludamos a amigos, entre otros al presidente, RAFA RAMÓN (DEP), un compañero de Radio Popular de León que ahora estará en “el cielo” leyendo esto y acordándose de nosotros.

De vuelta al campamento y tras la cena a base de embutido, lomo, jamón, cecina, queso, chorizo, salchichón y “la madre del cordero”, llegó el momento de realizar, a la luz de la luna y de la hoguera, la GRAN QUEIMADA.
Toño, sacó el acordeón. Pedro, la guitarra a medias con Isidro. A la batería, Manolo. Con el coro de voces, palmas y cachondeo: Gelo y Carmona.

Y nos dieron las nueve, las diez, las once y las doce, la una y las dos y “desnudos al amanecer fuimos a gatas por la pradera”.

 

VISITA AL VIEJO MIRANTES DE LUNA

Sin entrar en los pormenores, el despertar fue peor que el día anterior. El desayuno parecido pero, Charuto no se quería meter en el agua porque tenía miedo a que le diese un mal de lo fría que estaba, aunque disimulaba, también, con “los bichos” que había.
Había que hacer algo de ejercicio después de visitar “el cagódromo municipal” en plena montaña, junto a las rocas.

La ruta del día era ir a MIRANTES DE LUNA, el pueblo de donde descendía Manolo y al que todo el mundo asocia al Club Náutico que le ha devuelto algo de vida.
El paisaje es precioso pero no había ni una casa en pie, al menos en la zona principal del pueblo, si antes de subir al viejo casco.
Estaba el tejo junto a la iglesia o lo que quedaba de ella. Llegaron los recuerdos y Manolo como buen “cicerone” nos mostraba el lugar donde se encontraba la casa de sus ancestros. Quedaban las piedras y media pared todavía en pie.
Sin ser “sueños”, los recuerdos se hicieron presentes, “allí jugaba yo con mis amigos y mis primos”. “Allá arriba subíamos con el ganado”. “Por aquella zona escondíamos tesoros y a la luz de la luna, allí le di el primer beso a una amiga”. Los recuerdos se sucedían como las fotos que nos hacíamos. Una gran jornada.
El resto, más o menos como el día anterior. De bajada: visitar el Club Náutico, llegar al campamento, preparar la comida, comer, jugar la partida, dormir la siesta y al despertar, unos se quedaban y otros, Manolo, Isidro y yo, bajábamos al pantano a pescar.
De vuelta, a preparar la cena y “a correr la bota de vino”. Más leña al fuego, patatas y chorizos envueltos en papel de periódico y papel de aluminio, para que no se quemasen y, tras comernos las viandas, más queimada.
¡¡¡Qué vida más chunga…!!!

DE VUELTA A LEÓN

Era el peor despertar, el del domingo. Había que recogerlo todo y, después de comer, marchar para León.
Las caras denotaban cansancio y pesadumbre a la vez.
Desayunamos como siempre: huevos fritos, beicon y chorizo, con el pan de hogaza, más el café con leche. Otros, preferían el desayuno-comida porque lo hacían dando buena cuenta de lo que contenía la bota de vino.
Con el estómago repleto, teníamos que recoger el campamento, desmontando las tiendas, doblándolas, colocando varillas, vientos y piquetas, sacudiendo mantas y sacos de dormir.
Como las horas se echaron encima y no daba tiempo para más, no preparamos comida. Había que llevar todo hacia los coches. Dejamos las mesas y las sillas sin recoger porque con el desayuno abundante y tardío, sólo estaba tiempo para la charla, el relax y el recuerdo antes de bajar hasta la capital del antiguo reino.
Era el momento de la nostalgia, de “visualizar” a esposas e hijos”, a los que no veíamos desde hacía tres días, casi cuatro, recordar el trabajo al que teníamos que acudir al día siguiente y de preguntarnos si volveríamos al año siguiente.
Curiosamente, no volvimos más. ¿Saben por qué?
Fue el año de un tremendo incendio en el que murieron algunos bomberos y el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, entre otras medidas, prohibió la ACAMPADA LIBRE.

Así, de ésta manera, se terminaron nuestras aventuras de acampada en el Pantano de Luna, donde la pesca, que el primer año era lo más importante, se fue arrinconando para disfrutar de la amistad de otra forma y en plena naturaleza, con tres jornadas inolvidables, dónde la amistad y buen rollo imperaba sobre todo lo demás.

Qué felicidad.

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