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28 septiembre, 2020

La tiradera de SERAFÍN y LA FÁBRICA DE SALAZONES de “Juan y yo”…

Historia verídica ocurrida en los años 80 en Las Salas (León)

De cómo preparábamos las truchas ahumadas, hasta una jornada de pesca a tiradera recordando la forma de pescar de nuestros abuelos

Aunque estaba prohibida la pesca a tiradera muchos lugareños las conservaban en sus casas

Pocas truchas, mucho frío y con el susto en el cuerpo acabamos cantando hasta altas horas en Las Pintas

Fotos y texto: Eduardo García Carmona y otros

Lo recuerdo como si fuese hoy.
La “Semana del padre” era algo que nos habíamos inventado Juan y yo. Juan no es otro que mi amigo, Juan Moreno Tascón, criador de gallos para la pesca, montador de moscas y pescador.
La semana del padre la inventamos para poder marcharnos siete días en tienda de campaña, sin esposas e hijos, a un rincón de la geografía leonesa que, curiosamente, siempre era en el río Esla.
Lo que comenzó en la zona de acampada del viejo Riaño, continuó pasando el puente de la localidad de Las Salas, acampando en la era del pueblo.
La semana del padre que se inició de esa forma, a los tres o cuatro años, se convirtió en la quincena, pero con hijos. Buenas son las esposas como para dejarnos solos tantos días, aunque fuésemos a pescar a la zona de la montaña.

El caso es que, en plena naturaleza, disfrutábamos del río Esla como nunca más hemos vuelto a hacerlo, al menos yo, menos aún desde que se cerró la presa de Remolina.
Juan y yo, todos los días, además de pescar, nos dedicábamos a arreglar la fuente que corría desde la montaña hasta caer justo al lado del puente de Las Salas. Canalizamos la fuente y la limpiábamos de maleza e incluso la pusimos un tuvo al final; arreglábamos la pradera donde vivíamos; hacíamos la comida, atendíamos nuestra fábrica de “salazones y ahumados” y, también, a nos divertíamos. Nos daba tiempo a eso y mucho más al despertar con el alba cuya luz atravesaba nuestra tienda de campaña.

LA FÁBRICA DE SALAZONES

Lo de la fábrica de “salazones y ahumados” en plena naturaleza era mucho.
Cómo la pesca era tanta y no deseábamos vender las truchas, algo que habíamos realizado durante algunos años y, aún menos soltarlas, algo a lo que nos reciclamos muchos años después, una vez que llenábamos los dos tarros de cristal de cinco litros, de esos de las aceitunas, con las truchas pescadas que escabechábamos preparándolas in situ, truchas que después nos comíamos con nuestros amigos y familiares en la bodega de Lorenzo en Cubillas de los Oteros y otras bodegas de Trobajo del Camino, nos dedicamos “al salazón del pescado”.
Todo era idea de Juan.
Él se dedicaba a quitarles la espina central con mimo y cariño, mientras yo las rebozaba con sal muera. Después de dejarlas un par de días al sol y cuando estaban más tiesas que la mojama, era cuando le dábamos el toque del ahumado, encendiendo una hoguera y con ramas verdes, haciendo que el humo fuese hacia el “tenderete” de truchas secas y colgadas como chorizos, que teníamos en unos palos colgando junto a la hoguera.
Juan era el inventor mientras yo era el “contador de historias de pesca” en el Diario de León, por lo que como la “semana del padre” ya la había contado el año anterior y no era cuestión de hablar de la fábrica de salazones y ahumados, una noche en el Bar de Serafín “Las Pintas”, donde acudíamos mañana, tarde y noche y tras la partida de cartas con disputa de unos orujos, se me ocurrió la idea de contar en el periódico “otro tipo de pesca”: LA PESCA A TIRADERA.

LA HISTORIA DE LA PESCA A TIRADERA

Convencí al propietario del bar, Serafín, para que nos acompañase y fuese el protagonista de la historia, aunque sin poner en el periódico identidades, lugares de pesca, etc.
Serafín, al igual que primero lo había sido su padre, su abuelo, bisabuelo, etc. en sus años mozos había demostrado ser un gran especialista con la tiradera. Así que preparé la movida.
Juan, que siempre fue muy sano, muy noble y leal con todas las causas, no quiso participar en el “redada”, porque de eso se trababa de utilizar la tiradera y en pleno coto de Las Salas. Les decía: “no os preocupéis que si nos cogen, el peor parado seré yo y seguro que salgo en todos los medios de comunicación”.

Dispusimos que Juan se colocase al final del puente de Las Salas, escondido en unas salgueras vigilando y con su linterna nos avisaría si llegaba alguien sospechoso.
En plena noche de verano pero en la montaña donde el fresco está a la orden del día, los participantes estábamos en traje de baño, unos, en pantalón corto y playeras, otros y con los efluvios del alcohol en el cuerpo, la situación se presentaba más que atrayente y divertida sin reparar en “el frescor”.

Allá que nos fuimos hacia el río sigilosos y sin meter ruido para no llamar la atención.
El especialista, una vez extendida la tiradera en la pradera, la fue recogiendo y enrollándola o doblándola de forma minuciosa, asiendo entre los dientes un cabo. Con los brazos y manos ocupadas con la red se acercaba a la orilla y lanzaba la tiradera al río.
El sonido, en el silencio de la noche, semejaba un latigazo, al posarse en el agua.

Primer lance y tras recoger, cuatro truchas y pequeñas. Vuelta a empezar.
Serafín, junto a Roberto, empleado de Sabugo y Vicente “el pesca” que nos acompañaban en la acampada ese año y eran la “alegría de la montaña”, uno, con la guitarra y el otro, cantando, animaban para el segundo lance y de repente la linterna de Juan se apaga y enciende desde la zona del puente.
Rápidamente se recoge todo. Cruzamos el río y nos escondimos en la orilla contraria al camino, junto a las huertas del pueblo.Allí, agazapados entre los mimbrales, salgueras y otros arbustos que nos protegían para que no fuésemos avistados y en silencio, nos quedamos metiditos en el agua, a la espera.

En el puente se pararon tres o cuatro personas que dialogaban entre sí, fumándose un cigarrillo por la luz que desprendían al apurar el cigarro con sus chupadas. Hablaban, hablaban pero no se movían de la zona media del puente.
Nosotros allí continuábamos con el agua hasta la cintura, calladitos.

Después nos enteramos de que se trataba de Nisio, un anciano que vivía el verano en la última casa del pueblo, antes de llegar al puente porque por el invierno era vecino del barrio de Pinilla en León. Por cierto, Nisio era un “manitas” con la navaja. Le encantaba hacer cucharas de madera y todo tipo de adornos.
El abuelo Nisio estuvo en el puente un buen rato. Estaría unos diez minutos o un cuarto de hora pero parecía “un mundo”. El agua nos estaba dejando tiesos, con muchas partes del cuerpo encogidas y arrugadas…¡Y eso que al principio parecía que el agua estaba templadita!

El caso es que cuando Juan nos volvió a dar la ráfaga de linterna y salimos del escondrijo del río, casi no podíamos caminar. Tiritábamos, estábamos muertos de frío y encima sólo pillamos cuatro truchas.
Así finalizó la aventura de la “tiradera de Serafín”.

Bueno así no, porque una vez nos cambiamos volvimos al bar para contar la historia, ante el cachondeo general y las risas de Manuelina que casi se tiraba por el suelo y no dejaba de mirar para Roberto que tocaba la guitarra mientras “el pesca”, Vicente que era pescadero en la calle de La Rúa deLeón, cantaba flamenco.
El tema no era otro que el “huevo” que Roberto, sin querer, estaba mostrando, entre la pernera y la ingle, con su pantalón corto, sin calzoncillo, tras haber ido a la tienda de campaña a cambiarse con la mojadura del río no se había puesto otro.
Entre risas y más risas, entre copas y más copas, entre canción y canción nos dio el alba y casi vamos “a gatas” para las tiendas de campaña.

Al día siguiente, ni pesca, ni fábrica de salazones…¡a descansar “la mona” en la pradera de la era, a la sombra de los cerezos…!

Y colorín colorado, esta historia se ha acabado.

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