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6 agosto, 2020

¿Las grandes en La Omañuela salen de noche?…

El festival de pequeñas entre 12, 14, 16, 18, 20 y 22 cms. fue durante todo el día

Entre cuatro pescadores sólo salieron 2 truchas de más de 24 cms.

Hierba alta y maleza dificultan el tránsito por la ribera pero el caudal del río Omaña era excelente, aunque con aguas frías

Fotos y texto: Eduardo García Carmona

Con la mayor ilusión de pescadores acudimos tras la pandemia del COVID-19 a pescar a León. Por fin “el estado de alarma” nos dejaba cruzar “fronteras” y como presos que cobran su libertad salimos los cuatro compañeros de pesca hacia La Omañuela, uno de los míticos cotos leoneses que tenía ilusionados por muchos motivos. Al final, “agua de borrajas” y eso que conseguí ser el único que se llevó a la mano un par de truchas de más de 24 centímetros. Pobre, muy pobre bagaje para tanto río hermoso, mejores parajes y tantas truchas como tenía que haber después de tres meses de confinamiento donde las truchas deberán haber “engordado” y, sobre todo, estar tranquilas. Ni una, ni otra cosa aunque, truchas nos hemos llevado a las manos en cantidad pero todas pequeñas.

¿Dónde están las truchas grandes de La Omañuela? Fue la pregunta de Beni, Benito, José Luis y quien esto escribe.

Nos quedamos hasta 20 horas, más o menos, porque había que volver para Asturias y llevábamos desde las 10 de la mañana dando “palos al agua” y los cuerpos ya no estaban relajados. Si encima nada más llegar sales a pescar y pierdes de tus botas las dos suelas, “apaga y vámonos”. No ocurrió así porque eran tantas las ganas de pescar que como estaba en la zona de “la gran roca” y tras dejar aguas abajo a Benito y José Luis, me dediqué a pescar muy despacito porque no podía hacerlo de otra manera y siempre bien apoyado en mi bastón y caminando por la orilla del río pescando todos los “rincones” de cada tabla. Las truchas salían y como son tan bravas y bellas de librea, casi me conformaba con eso pero, al final te cansas de ver “pitillines” y otras un poco más pero no para un río que, aunque con aguas frías, presentaba unas condiciones de pesca muy buenas.

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ANTES POR RIELLO, DESPUÉS AL RÍO Y LAS MOSCAS

La parada obligatoria cuando vamos a pescar el río Omaña suele ser en La Magdalena. Allí está el hostal, bar y restaurante dónde su propietario, Carlos, siempre nos atiende con cordialidad aunque, en ésta ocasión a las 9,30 horas estaba cerrado por lo que con José Luis que nos esperaba, nos dirigimos hacia el destino final parando a tomar café en Riello. Nos sentamos en la terraza de Casa Manolo, porque en Riello sí estaban puestas las calles, incluyendo las terrazas y, además con clientes matinales.
El día estaba muy bueno, con sol radiante, aunque la temperatura era algo “fresquita”. Lo normal de León.

Tras tomarnos un cafetito y dialogar en la terraza con nuestras correspondientes mascarillas, el tema de debate “caldeó” el ambiente amigable con la dichosa política y la nefasta tramitación de la pandemia llevaba por los responsables del gobierno. De cuatro tres éramos críticos con las medidas y el “aprovechamiento” que de ella habían realizado Fray Pinocho y Fray Coletas y eso que tuvieron sus espacios de “Aló presidente” casi a diario, con el dinero de todos los españoles y todas las televisiones a su alcance. Como sólo uno de nosotros apoyaba al gobierno y sus acciones, para no discutir más, decidimos marchar a pescar que era a lo íbamos. Tanta prisa nos dimos por quitar “hierro” que ni pagamos a Manolo, con el que nos fotografiamos delante de su “casa” en la terraza. A la vuelta se lo abonamos, claro. La dichosa política nos está dividiendo hasta en “las aficiones”.

De Riello a La Omañuela.
Tras cruzar el puente de madera que aún recuerdo destruido por una riada hace más de 40 años, donde nuestras aportaciones en las pesetas de antes, contribuyeron a su reconstrucción, nos asentamos en la pradera de la parte izquierda para cobijarnos ante “el sol de justicia” que se anunciaba. La pequeña pradera estaba tan alta de hierba que casi no se veían los dos coches. Lo que más nos llamó la atención fue comprobar que muy pocas habían acudido a pescar porque no existían muchas huellas. Lo que si había era una plaga de “moscas cojoneras” que no nos dejaban ni vestirnos de “guerreros”.

SIN SUELA EN LAS BOTAS DE PESCA

Los cuatro pertrechados para la ocasión cruzamos el puente de La Omañuela para dirigirnos a la zona media del coto y desde allí, salvo Beni que se quedaría arriba, dividirnos el río. Yo, no pude pasar de la “piedrona” porque antes había perdido por el camino de maleza, arboleda y fango, la suela de una de mis botas. Increíble pero cierto. Con el consiguiente cabreo, porque no tenía repuesto, me quedé junto a “la piedrona” mientras José Luis esperaba allí mismo a Benito que venía rezagado para bajar un kilómetro más.

Junto a “La Piedrona” me puse a pescar y ya me subió la primera, aunque pequeña. Cuando caminaba por el agua hacia arriba, dirección La Omañuela, observo pescando una tabla a un aficionado. Según me aproximo y tras observarlo un rato, comprueba que se trata de Benito. Le digo que José Luis estaba esperando por debajo de “La Piedrona” donde habíamos quedado los tres y tras la disculpa de que sólo había probado un par de lances, fue al encuentro de Méndez. Yo, continué pescando donde había visto a Benito y sin prisa porque sin suela en una bota y la otra a la mitad, no era cuestión de caminar a prisa. Pese a haber pescado el tramo donde me encontré a Benito, saqué otras ocho y diez truchas pequeñas más hasta que dejé por el río la otra suela de la bota. Estuve a punto de abandonar pero como caminaba muy mal, preferí continuar vareando y vadeando por la orilla del Omaña. No había manera de sacar una trucha de medida por lo menos. La que más unos 18 o 20 cms.

Al poco rato me toca en la oreja lo que creía que era una rama de algún árbol de la orilla. Era José Luis que con el puntero de su caña me había tocado la oreja y no me había enterado de su llegada. Benito y él, no se habían encontrado y cansado de esperarlo comenzó a pescar aguas arriba hasta que me encontró a mí. Así continuamos, uno al lado del otro pescando juntos una y otra orilla, hasta llegar a los coches en el puente de La Omañuela. Muchas, muchas truchas a la mano pero todas pequeñas. Eso sí, con unas libreas preciosas como son la truchas de éste río que tiene un linaje especial.

Habíamos quedado a las 15,30 horas para comer y como Benito Lozano no llegaba, a las 15,45 nos pusimos a comer. Al poco tiempo llegó éste cansado y medio exhausto y “cabreado” porque no había visto a José Luis y porque todo lo que había sacado eran pequeñas, como los demás.

Dimos buena cuenta de los bollos preñaos caseros, la tortilla, los filetes empanados y el queso de Valderas, bien regado con el vino de “mí Juliana” y, tras un descanso, salimos a pescar un par de horas por la tarde con el deseo de que se moviesen a la caída de la tarde las “grandes”.
Nunca más lejos de la realidad y, aunque algunas mayores salían, de medida las dos que conseguí llevar a mi sacadera y nada más.

¿Dónde están las truchas grandes de La Omañuela?

Es lo pregunta que nos hacíamos los cuatro y más, después de tres meses de pandemia y “recogimiento” y todo un año sin ir a pescar La Omañuela. Seguro que “haberlas, haylas” pero ¿dónde?
Seguro que bajo las piedras y cuevas de pozos y tablonas y como el día estaba d calor saldrían al anochecer.

No era cuestión de quedarse al sereno por lo que decidimos dejarlas para los demás deseando que en futuros cotos tengamos más suerte. Tres de ellos ya los habíamos perdido por el “confinamiento” y no poder transitar entre comunidades autónomos, el cuarto, aunque pescado, también se perdió pero, no así el primer abrazo de la temporada y compartir pesca, mesa sin mantel pero sí como mucha amistad pese a la “puñetera política” que nos está dividiendo a todos los españoles.
Mejor continuar pescando, ¿verdad?

Tomen nota de los mosquitos que pescaron, aunque lo hicieron todos. A saber: saltona común, carne pardo, carmonina, negro con brinca avellana, salmonín indio claro y la infalible de Granizo, un chicle. También el oro viejo, el sangre de toro, un marrón tabaco claro y hasta un morado, aunque éstos últimos no los utilicé yo. Hice algún cambio como en lugar de saltona común poner una “charli” e incluso la saltona del Curueño pero como no conseguía ni las pequeñas, opté por quitarlas tras la prueba. Las dos grandes me entraron una al salmonín claro y la otra, al oro viejo.

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